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Clima de desesperanza

Empalidecen los árboles que existen en las calles, en jardines públicos y privados; se amarillea lo verde; nos afligen las nubes anunciadoras de lluvia que de repente se disipan para mostrar un indeseado cielo azul, desesperanzador, bello y tristísimo. Meses sin lluvia. No necesitamos desandar demasiado en el tiempo, para volver a ese Quito de mañanas luminosas y tardes de lluvia mansa o copiosa. Hoy la ciudad es un erial, resultado de nuestro descuido abusivo, de ese esperar todo de los demás y no obligarnos a mínimos sacrificios personales. Desperdiciamos el agua; no reciclamos, no reutilizamos; no restringimos el cómodo consumo. El país, América, el mundo se enfrentan a un clima inusitado, hijo del inagotable capricho del consumismo y de nuestra incapacidad de actuar humanitariamente, en solidaridad con el presente y el futuro de este otrora hermoso y predecible planeta, y sus actuales y venideros habitantes. En lo que de más cerca nos concierne, dos catástrofes naturales: la erupción del Cotopaxi y el fenómeno de El Niño –del que la sequía que sufrimos parece augurio cierto- serán tragedia para los más pobres y desvalidos.

El filósofo hoy nonagenario, Edgar Morin, en una antigua entrevista, escribía: ‘El sistema Tierra es incapaz de organizarse para tratar sus problemas vitales: el peligro nuclear, […] la degradación de la biosfera; una economía mundial carente de verdadera regulación; el retorno de las hambrunas; los conflictos étnico-político-religiosos que tienden a degenerar en guerras de civilización”…

Su genial personalidad filosófica, dispuesta a mirar con lucidez lo real, como también a soñar, le permite reconocer que, ante nuestra más que probable desintegración, queda la elección de una difícil, pero no imposible metamorfosis. Y aquí, riámonos de los sueños de revolución a la búsqueda de mantener el poder, que tanto dolor e incertidumbre, tantos desacuerdos, luchas, guerras y muertes causan: la continuación de la historia, de esta historia, supone nuestra desaparición; pero una auténtica metamorfosis exige, como en la naturaleza, la simultaneidad de autodestrucción y autorreconstrucción, de modo que las sociedades históricas ‘deriven en una sociedad-mundo de tipo nuevo, englobante de los Estados-nación, a los que no suprime, sino reinventa’.

La metamorfosis transformadora preserva la vida, la herencia cultural. Y aunque es imposible frenar la oleada técnico-científica, económica y de civilización que conduce al planeta al desastre, Morin constata repleto de esperanza: “Todo comienza con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, invisible para sus contemporáneos. Así, las grandes religiones: budismo, cristianismo, islam. Todo gran cambio tiene un peso y una forma que en su inicio es humilde”.

Tal vez baste creer en él y descreer vitalmente de todas las mentiras: comenzar, recomenzar, volver a pensarlo todo. Renegar de esta política, politizar la búsqueda de la verdad, la bondad, la belleza y el bien. Y quizá vuelva la lluvia, sin hacernos daño.