Roberto Salas

El suicidio de las morsas

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Sábado 10 de agosto 2019

Ha causado mucho que hablar unas escenas del documental Nuestro Planeta de un canal de streaming, en el cual se presentan escenas de miles de morsas hacinadas en un hábitat reducido por haber emigrado de su lugar originario en busca de temperaturas más frías. En procura de espacio escalan montañas de rocas al pie del mar, pero al llegar muy arriba, cuando sienten hambre, al no tener conciencia de la altura buscan volver a la orilla tirándose hacia abajo provocándose la muerte.

Si bien las morsas actúan por instinto y no por querer suicidarse, la situación no deja de tener un enorme impacto más allá de las interpretaciones.

Para muchos se trata del calentamiento global que afecta las costas y hábitats de algunas partes del mundo con sus impactos a los animales que habitan en ellos, en este caso las morsas. Para otros, más escépticos, esto es algo que ocurre desde hace muchos años.

Pero no es necesario insistir con los necios, y más bien el caso puede tener una interpretación más simple, resaltando la característica del ser humano, que como las morsas, al tener problemas serios muchas veces sólo nos acomodamos sin percibir que podríamos estar avanzando hacia una situación irreversible.

Otro caso parecido es la muerte lenta de la rana en una olla de agua que se va calentando de a poco.

Poner a una rana en agua muy caliente provoca su rechazo inmediato. Pero si se la pone en agua fría, que poco a poco va tomando calor, no logra percatarse del cambio de temperatura lento, y cuando el agua está hirviendo ya es demasiado tarde y la rana muere sin reaccionar.

Al igual que las ranas, podemos dejar que las cosas se conviertan en críticas e irreversibles por necedad, o simplemente por no perder la tranquilidad y los beneficios del status quo.
Cuando nos damos cuenta que la cosa es insostenible y la crisis es inminente ya es demasiado tarde.

Un tercer ejemplo es la renovación que sufren las águilas. Estos animales que pueden vivir 70 años, a la mitad de su existencia sufren un debilitamiento severo de su pico y uñas, haciéndoles cada vez más complicado cazar y alimentarse.

Están destinadas a morir o vencer una dolorosa etapa de transformación que dura unos 5 meses, en la cual se retiran a alguna montaña para a través de golpes desgarrar el pico, y luego cuando crece uno nuevo, con este se desgarran las uñas, y con estas cambian su plumaje, para salir después libres y potenciadas a una nueva vida de otros 30 años.

Si los humanos estuviéramos más dispuestos, al menos una vez en la vida, a atrevernos a transformarnos como las águilas, para con desapego adoptar nuevos hábitos y renovar nuestras instituciones, mejoraríamos nuestra capacidad de advertir consecuencias sin acomodarnos al presente, y evitaríamos extinguirnos al estilo del suicidio de las morsas.