Pablo Cuvi

La sucesión

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Sábado 21 de septiembre 2019

Hay en el aire dos series adictivas que abordan el tema de la sucesión del poder. La una, producida por HBO, va en su segunda temporada y sigue los conflictos de una familia rica y poderosa, los Roy, cuyo despótico y avejentado patriarca es dueño de un imperio mediático y se resiste a nombrar sucesor.

La otra serie, la criolla, supera a la gringa en intrigas, delaciones y comisiones y fue financiada por todos nosotros a un costo global de 70.000 millones de dólares, como para que los Roy no nos choleen. Exhibe la enredada sucesión de un caudillo fugitivo de origen humilde pero con humos de rey, cuyos herederos parecen tan inescrupulosos o ávidos o ineptos como los hijos de Logan Roy.

Con actores de primera, la serie de HBO permite que cualquier clase media sienta que se inmiscuye en las vidas chuecas y atormentadas de los multimillonarios y llegue a creer que así son los ricos de verdad y que, en el fondo, él vive mejor con el cariño de los suyos, el No al aborto y un préstamo del Biess. Porque allá las costumbres son muy liberales, hija, el humor es ácido y añaden ‘fucking’ a cualquier palabra, aunque no falten clichés de telenovela como una madrastra del Medio Oriente con cara de mala; un hijo errático cuya gran nariz le permite esnifar lo que le pongan por delante; otro cínico con problemas sexuales; y la rubia y sensual Shiva cuyo marido bobo no da la talla. A ellos se juntan novias sin pedigrí que van a la caza de los herederos que se dan golpes bajos en la disputa por el trono, pero nunca olvidan quienes son.

La caracterización es tan refinada que The New Yorker dedica un artículo a los modistos de la vida real que diseñan la ropa de los personajes con detalles como que el marido arribista de Shiv usa ropa italiana para llamar la atención y es objeto de burla de los Roy. Guardando las distancias entre la seda y el acrílico, las corbatas de Alexis Mera cumplían esa función en la primera temporada de la serie criolla, hasta que RCD nombró como sucesor a Lenin, a quien despreciaba, y puso a su fiel lugarteniente Glas y a una red de funcionarios para que le cuidaran la espalda o el legado, da lo mismo. Y pasó lo que pasó, con presos, fugitivos y agentes dobles.

En esta segunda temporada RCD ha soltado nombres de segunda para alborotar el gallinero y mantener activos a los aspirantes a títere de su binomio. Hoy acaba de nombrar a un Bolívar ignorado, pero Bolívar, joder, mientras la otra candidata de la izquierda mundial entrega la ONU, retoca sus fotos y compra trajes de campaña en NY, como una Roy. La antigua Julia Roberts tiene glamour, lenguas, presencia planetaria y apunta a la OEA o Carondelet.

¿Para quién trabajarán Assange y los hackers de Putin? ¿Se aliarán finalmente ella y RCD? Esto lo veremos en la tercera temporada, estarán atentos.

pcuvi@elcomercio.org