Fabián Corral

Una sociedad empobrecida

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Lunes 17 de octubre 2011
17 de October de 2011 00:02

Son verdades evidentes que la clase media ha crecido y se ha enriquecido, aunque fuese relativamente, y que las lógicas del consumo y el entretenimiento marcan a la sociedad. Que la dolarización disparó el fenómeno también parece indiscutible. Allí está el explosivo crecimiento de vehículos y el boom inmobiliario, la invasión a restaurantes y centros comerciales. Todo eso es bueno, pero, en realidad, ¿progresamos?

En contraste con el acelerado ascenso económico, en los temas esenciales de la política, la cultura, la capacidad crítica y la militancia democrática, la sociedad civil ha incurrido, sin vergüenza ni reflexión, en entusiasta empobrecimiento. Las élites se han esfumado, o se han acomodado. Algunos personajes de la academia hacen esfuerzos para no desaparecer en el poderoso vendaval de la burocratización integral de la vida universitaria. Parte importante de intelectuales de izquierda y derecha han abdicado, y, ahora, con extrañas excepciones, son cortesanos y comedidos que pululan en torno al poder, o son silenciosos y prudentes testigos de la caducidad de las libertades. La moda ahora es mirar a otra parte, y hacerse de la vista gorda.

La sociedad, además, se ha vuelto ‘monotemática’. Ha renunciado a la diversidad, ha borrado matices y diferencias, que son el secreto del crecimiento espiritual, ahora baila sin descanso al ritmo que le marca el poder. Ha ocurrido lo peor: la agenda impone la política, nada escapa al alud de la propaganda, nada se salva del estrépito electoral, no hay espacio distinto ni foro ni charla que, en definitiva, no derive en el superficial comentario de la circunstancia. ¿Dónde está la capacidad creativa, dónde el análisis independiente, dónde la elevación intelectual, dónde el debate de nivel, franco y valiente? Al contrario, lo que hay es un creciente aburrimiento, una desidia intelectual que contrasta con el crecimiento de la clase media, y con los anuncios de la salvación nacional que abruman al más indiferente. Parecería que asistimos al “ascenso de la insignificancia”, según el lapidario concepto de Castoriadis.

Hay un agresivo proceso de domesticación, una sistemática enseñanza de la “obediencia debida”, una cultura de aceptación de lo políticamente correcto. Hay comodidad y acomodo. Entre el mercado y el Estado van expropiando los espacios de autonomía personal, van marcando las pautas y construyendo al “nuevo hombre”, ese ser sometido, satisfecho, domado por la prudencia, envenenado por el cálculo. Van clonando a ese “ciudadano comercial” cuyo único referente es la propaganda que le induce a comprar tanto cosas como felicidad, tanto camisetas como “ideas”. ¿Será ese el mundo ideal, sin gente que discrepe, sin sujetos incómodos que piensen, sin rebeldes que no se allanen? Preguntas sin respuesta, o respuestas que se quedan escondidas en la intimidad de cada uno.