Farith Simon

Tribuna para los extremistas

En una sociedad democrática la discrepancia, el desacuerdo y la contraposición de ideas, son una señal de salud. La deliberación es indispensable y, para ello, debe asegurarse que las opiniones, las distintas visiones del mundo, la diversidad de interpretaciones de los hechos, circulen, se conozcan, se debatan. En las dictaduras, los totalitarismos o las autocracias, se suele instalar la idea de la verdad única y de quienes la poseen. A partir de esto se edifican los fundamentalismos que aseguran estar del lado correcto de la historia, como si la historia tuviese lados o verdades.

¿Existen riesgos? Claro que sí. Muchas veces se amplifican discursos que promueven la intolerancia, el odio, la guerra la discriminación; o, como pasa ahora con frecuencia, se da una relevancia inusitada a quienes representan las versiones más extremas y escandalosas de los temas en debate. Estas suelen presentarse desde una supuesta irreverencia, el anti todo, como poseedores de un conocimiento distinto que desafía lo convencional; se ven y se los presenta como una suerte de cruzados de verdades que no se sustentan en nada, solo en las palabras de quienes las promueven; ganan espacio, no importa lo incoherente, absurdo o ilógico de lo que se presenta.

No es un fenómeno nuevo, pero gracias a las redes sociales y los medios digitales esas versiones se amplifican. Lo lamentable es que rápidamente se toman el debate público y se crea la falsa idea de que los temas se mueven en esos extremos, que vuelven imposible cualquier debate racional y la búsqueda de acuerdos mínimos. Los extremos, las estrambóticas teorías de la conspiración, los absolutos, cuando se presentan en los debates públicos y se los coloca al mismo nivel de la ciencia o de las teorías racionales, convierten en imposibles los intercambios de razones y el arribar a consensos mínimos. No es posible silenciar a los portadores de versiones radicales e irracionales, pero hay que dejarles en el lugar marginal que les corresponde.