Gonzalo Ruiz Álvarez

Sismos y alertas

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El dolor de México desgarra a América y al mundo. Una vez más en corto tiempo la tierra vuelve a temblar. Primero fue Oaxaca y Chiapas, ahora Morelos, Puebla y la gigante capital del país.

Quiso la casualidad que la nueva tragedia llegue el día en que se conmemoraba el terrible terremoto de 1985. Luego de las oraciones y el recuerdo triste. ¡Otra vez!

Pero en este terremoto del martes las alertas tempranas no funcionaron. La explicación es clara: el epicentro fue muy cercano y apenas si se dispararon las alarmas.

Los científicos siempre explican que la predicción de los terremotos es imposible. Ese factor sorpresa los distingue de las erupciones volcánicas y del tiempo que toman las olas del tsunami en llegar a tierra.

En el caso de México para lo sucedido en Oaxaca y Chiapas, la alerta temprana funcionó. La explicación es que el sistema de alta sensibilidad instalado en varios puntos de la región costera puede detectar el sismo y como las ondas tardan en llegar, por ejemplo a la capital, entonces muchas personas pudieron salir a la calle y protegerse cuando suenan las alarmas.

Sistemas con diversos grados de sofisticación funcionan en Japón, país con gran experiencia en la materia y con la sucesión de eventos sísmicos fuertes, muchas veces devastadores. En estos días hemos conocido de sistemas en Taiwan y Centroamérica. El ponerse a buen recaudo, salir de las edificaciones y salvar la vida no tiene precio.

Perú anuncia que hasta diciembre tendrá instalado su sistema. La inversión, por millonaria que fuere, es indispensable, máxime en lugares donde la geología enseña que estamos expuestos.

Luego de los terremotos de Haití y Chile las preguntas surgieron, se organizaron seminarios y la preocupación de las autoridades fue manifiesta. Augusto Barrera era alcalde de Quito y dio información y se preocupó por el tema.

El Ecuador ha escrito normas más exigentes con protocolos internacionales. La constatación triste, luego de las tragedias de Manabí y Esmeraldas, es que muchas de esas normas quedan en letra muerta. No se aplican, o la irresponsabilidad de ciertos constructores y propietarios es de tal calibre que parece imperdonable. Con magnitudes como las de los sismos de Haití, Chile, Oaxaca y ciudad de México en 1985 y 2017, miles de edificaciones se vendrían al suelo y la tragedia sería inconmensurable.

Primero se debe proteger a los protectores, reforzar cuarteles de Policía, Fuerzas Armadas y Bomberos. Luego, hospitales, colegios, universidades y campos deportivos que puedan convertirse en albergues.

Hay que seguir adelante con la información en colegios y en los barrios. Forzar el cumplimiento de las normas más estrictas de construcción.

En medio del derroche de la década pasada es inaudito que no se haya instalado sistemas de alerta temprana. Le vemos las orejas al lobo: ¿estamos esperando que se nos lance al cuello?