Jorje H. Zalles

Simplemente un hombre

De visita en Atlanta, mi yerno norteamericano y yo tuvimos una extraordinaria conversación con un amigo de él, treintañero afroamericano funcionario de banco, quien me habló en el casi perfecto español que ha aprendido por su propia cuenta para poder atender mejor a sus clientes latinos.

Nos contó de la típica vida de un hombre negro en el Sur de Estados Unidos. El permanente desprecio con el que lo tratan muchos blancos. El constante miedo a los policías, muchos de quienes no distinguen entre buen o mal comportamiento, actitudes inocentes o sospechosas, almas limpias o torcidas, y solo lo ven como un negro que probablemente es un delincuente porque es negro. La experiencia de tener que protegerse de las balas que van y vienen en algunos barrios durante peleas entre pandillas. El temor constante de que, en medio de tanta violencia, algo le ocurra a una hermana, un hijo, un sobrino, su madre. Y sobre todo, la carga de desesperanza que percibe en la mayoría de jóvenes que no ven cómo superar su falta de oportunidades y de futuro, consecuencia directa de la carencia de buena educación y de buenos servicios de salud y sanidad de la que han sufrido durante décadas los barrios en los que han crecido y viven.

Nos contó luego de un viaje que hizo hace poco a Costa Rica, llevado inicialmente por curiosidad nacida de contactos con aquellos clientes a los que quiso atender mejor hablándoles en español. De regreso del viaje, ha renunciado al buen puesto que actualmente tiene, y ha conseguido trabajo enseñando inglés como segundo idioma en Costa Rica. Se va de Atlanta a fin de año.

La decisión, nos dijo, nació de una experiencia muy singular: caminando por las calles de Alajuela, entró a un restaurante, pidió algo de comer, y entabló conversación con el dueño y unos amigos de él. Dado su impecable español, le preguntaron de cuál de las regiones de Costa Rica venía, de las varias que tienen sustancial población afrodescendiente. En ese momento, nos contó, “por primera vez en mi vida me sentí simplemente un hombre … no un hombre negro … simplemente un hombre”. No se sintió menospreciado, discriminado, diferente, inferior. Se sintió libre, por unos momentos, de una carga sicológica y emocional que ha llevado toda su vida.

No supe qué decirle. Solo sentí la poderosa realización que acababa de brindarme, más profunda de la que jamás antes había experimentado, de los terribles efectos del racismo. Lo he condenado siempre, pero tal vez más impulsado por argumentos morales e incluso científicos -la contundente evidencia de que todos somos producto de una gigantesca y milenaria mezcla genética- que por un sacudón de empatía como el que acababa de experimentar.

Prometo combatir al racismo con mucho mayor ahínco y convicción. Es absolutamente injusto que un ser humano viva así.