Diego Almeida Guzmán

El silencio

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Sábado 09 de enero 2021

No podemos referirnos al “silencio” sin remitirnos a M. Heidegger, considerado uno de los mayores pensadores alemanes del siglo XX. Su vida se vio marcada por un desafortunado discurso pronunciado en 1933 en la Universidad de Friburgo, en los albores del nacionalsocialismo. Lo citamos en un plano filosófico-analítico. Sostiene que “el silencio significa la máxima expresión de la palabra”.

En su obra Carta sobre el Humanismo, el autor anuncia “Antes de hablar, el hombre debe dejarse interpelar de nuevo por el ser, con el peligro de que, bajo este reclamo, él tenga poco o raras veces algo que decir”. En la misma línea de pensamiento, afirmaba F. Nietzsche que las grandes cosas nos ofrecen la posibilidad de callar o hablar de ellas con grandeza.

Guardar silencio es una manifestación del intelecto humano. Podemos – y debemos – catalogar a la persona no tanto por los vocablos que enuncia, cuanto sí por su habilidad para callar. Pensar es escucharse a uno mismo, es oír “en silencio” al ser de nuestro interior; el silencio es un quehacer pasivo de orden ontológico. La palabra como ostentación infructuosa de ego tiene una contrapartida ética de particular relevancia, cual es la pericia inteligente del silencio. No se trata de la logofobia (miedo irracional al logos), sino de escoger el silencio como voto válido frente al vocablo inútil, al mensaje tonto, a la voz irracional, a la dicción sin sentido. El indigente en inteligencia hace presencia a través de la palabra frecuente, sin percatarse que el silencio es también un horizonte de la locución talentosa.

Fenomenológicamente, el silencio tiene una extensión de orden activo, que obliga a interrumpir la tendencia natural a la frase. Impone el deber de recapacitar en el uso de la palabra. Citemos algunas opciones emblemáticas de silencio que fueron desaprovechadas en el año 2020. No son citas textuales, pero el mensaje tras de ellas es idéntico al formulado. (1) Robé porque estaba trabajando en beneficio de los más necesitados. (2) Expidamos una ley que habilite la tenencia de armas por los civiles. (3) La delincuencia no es producto de injusticias sociales… el ladrón se apropia de lo ajeno porque le gusta, no porque tiene que hacerlo para llevar algo de comer a sus hijos. (4) Impidamos el ingreso del virus bloqueando con vehículos terrestres la pista de aterrizaje de aviones. (5) Generemos empleo despidiendo trabajadores. (6) Financiemos el presupuesto estatal dejando de pagar impuestos. (7) La fuerza mayor juega para el resto, no puede menoscabar mi apetencia de lucro. (8) Vender y beber es más importante que controlar la propagación el virus.

La alternativa válida a la “simpleza” del habla es la magnanimidad del silencio. El hombre no es grande por el número de palabras que pronuncia cuanto sí por lo excelso de su silencio, en tanto éste – el silencio – más que vacío de soflamas es una espera a la reflexión.