José Velásquez

Si llegamos a Catar

La ilusión no tiene mucho espacio en un escenario de doble pesadilla global. Y sin embargo, el corazón se acelera porque Ecuador está a las puertas de uno de esos escasos momentos de abrazo cívico por obra y gracia del fútbol.
Si llegamos a Catar, en Ciudad del Este o en Guayaquil, ojalá no olvidemos la lección dictada en las canchas de Sudamérica: la abundancia de recursos no es garantía de nada si no existe la capacidad de reinventarse.

El profesor Gustavo Alfaro es un fundamentalista de la disciplina y del trabajo silencioso, tanto así que ni siquiera festeja los goles. No se dejó impresionar por las críticas ni por las glorias que estaban de salida y más bien afianzó un grupo marcado por el orden estratégico por encima del abolengo. Qué Ecuador distinto tendríamos si aprendiéramos a enrumbar proyectos cotidianos con sostenibilidad e independencia.

La Selección apostó por la innovación en un país en el que el relevo generacional y las oportunidades para los jóvenes suelen ser sinónimos de salarios bajos o explotación laboral. El día que vencimos a Chile en su casa saltamos a la cancha con tres chicos de 19 años, en una moraleja de aplomada convicción que bien podemos trasladar a otros campos.

En el camino al Mundial no hubo muerte cruzada, ni amnistías mugrosas, ni mayorías móviles, ni vetos ni vericuetos. Aquí los hinchas no se atreven a apropiarse de los méritos de los jugadores y nadie incendia estadios. No todo habrá sido color de rosa y seguro abundaron las zancadillas, pero no recuerdo ningún caso de alguien descarrilado para hacerse la víctima, montar dramas o llamar la atención en redes sociales.

En el fútbol no hay impostores porque siempre se nota en el campo de juego quién sirve y quién no. En cambio tanto en lo público como en lo privado abundan los CVs inflados, los ahijados y la falta de escrutinio. A veces se juega sin público, sin luces, sin árbitro, sin VAR y, sobre todo, sin escrúpulos. Nuestra fórmula endémica para ahuyentar a los buenos y no llegar nunca a ningún lado.