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Jueves 09 de agosto 2012
9 de August de 2012 00:03

Miles de firmas falsificadas por las “empresas” contratantes para presentar las firmas correspondientes y calificar nuevos y viejos partidos y movimientos participantes en las próximas elecciones. El tema no nos es extraño, es parte de la viveza criolla que nos ha caracterizado desde siempre. Lamentablemente es casi un constitutivo cultural. Eres inteligente si copias al vecino en los exámenes, si burlas las leyes de tránsito y si transgredes los límites de velocidad, si le haces el tonto al pobre gringo que desconoce el valor de la compra de mercado. En fin… el vivo es aquel que hasta hace poco no pagaba sus impuestos y llevaba doble contabilidad; el que aún coima a las autoridades portuarias para la pesca en veda. Todas y cada una de nuestras acciones están cruzadas por burlar al otro más débil, menos enterado o simplemente ingenuo. Si revisamos nuestro comportamiento diario nos daremos cuenta de que en algún momento la mentira y el engaño se han cruzado en el camino.

Alguna vez una colega universitaria curuchupa compartió sus preocupaciones sobre nuestra tarea como maestros. Debíamos -decía- incorporar en nuestras clases la noción de una ética, de nuevos comportamientos justos y generosos con el otro. Recuerdo haberle contestado con desdén que eso correspondía a la labor de los padres; nosotros estábamos para menesteres más elevados. También recuerdo que sus insinuaciones no cayeron en saco roto en la medida en que, joven aún, sentía que incrementaba la banalización del aprendizaje, que lograr un título resultaba más fácil si eras seductora y te acostabas con el profesor, si pagabas clases extras al mismo para incrementar su bolsillo, si te matriculabas en lo que ahora se tildan como universidades “E”, nada exigentes, universidades de garaje. Vi aumentar el consumo de drogas y licor sin chistar; vi conseguir todo sin dificultad a través de unos padres que hacían dinero fácil engañando al que hubiese que engañar. La mentira ya no era un tema cultural solamente; la mentira se iba naturalizando.

Desafortunadamente el tema no solo se aplicaba a nuestro pequeño país, se convertía en conducta planetaria.

Entonces la mentira como valor debe ser cuestionada en toda su profundidad, debe ser discutida en clase no solo en términos de aplicar penas a aquel estudiante que copia el trabajo de otros sin citarlo, que plagia; ahora estoy convencida de que es una tarea a tratarse desde los ámbitos públicos y desde los privados.

La mentira es una plaga que desdibuja los límites del respeto al otro, de la solidaridad con el otro, que no considera más que el placer del individuo, que desafía el bienestar de la colectividad. Castigar a los partidos que nos han engañado no debe ser un acto de coyuntura partidista, sino el inicio de una profunda revisión política y ética de la sociedad.