Alfredo Astorga

Santa muerte

Sobre el espeluznante baño de sangre en las cárceles se ha dicho mucho. Se han denunciado situaciones institucionales impresentables. Hacinamiento, falta de sentencias, presos sin clasificar, capacitación de guardias, controles de ingreso, infraestructura, tecnología, información. Se ha espulgado todo. Y todo es relevante y urgente.

La problemática sobrepasa las prisiones. Involucra al entorno y al país. Ecuador tiene nuevos roles en el circuito de la droga. Es corredor estratégico para su exportación (también para almacenamiento y consumo). Vuelve al país territorio apetecido para las pandillas que tienen su corazón en México y Colombia. Este espacio, sin embargo, no está disponible… tiene que ser conquistado, con dinero, con audacia, sin tregua. Las cárceles son los espacios más visibles. Pero no son los únicos. El sicariato hace su parte en las calles.

Comentamos una situación insólita, pasada velozmente en los noticieros. Refiere a los altares encontrados en las celdas de los capos (junto a electrodomésticos, gimnasios, licores, drogas), denominados altares de la muerte. Pequeños retablos con figuras de calaveras y diversas ofrendas.

Ante estos altares se rinde culto, antes y después de las venganzas, a la Santa Muerte, una especie de patrona de las narco pandillas (no solo de ellas). Símbolos, rezos, juramentos, mandamientos, prohibiciones, ritos, milagros. Una extraña liturgia de conexión con el más allá, con lo sagrado, con la trascendencia. Una justificación para dar sentido a la existencia, para jugarse la vida propia y ajena sin miramientos.

Las imágenes traen a la mente cultos realizados en México, Centroamérica y Colombia, conocidos a través de telenovelas, libros, canciones. Revelan una dimensión “cultural” desconocida en medio de esta guerra de locos. Creencias y comportamientos como éstos se aprenden y se ponen a prueba, aseguran complicidades, crean identidad. Nos recuerdan la turbadora novela del colombiano Fernando Vallejo, la Virgen de los Sicarios.

Todo indica que la importación de pandilleros, armas y drogas no vienen solas. Se incrustan también credos y prácticas culturales diversas. Vale mencionar, por ejemplo, expresiones extendidas en los medios con sello propio: narco novelas, narco corridos. Una difusión creciente de historias, escenarios y avatares cotidianas de las mafias y sus capos. Una exhibición de violencia y sangre pero también de poder y riqueza que atrae a consumidores. Que genera referentes, que desata aspiraciones y fantasías.

Muestras de narco cultura ya están entre nosotros. Los capos -hombres, y mujeres últimamente- desfilan como héroes o villanos no exentos de atractivo y encanto.

Las tramas de amores y traiciones, de ascensos y caídas, de derroche y manipulaciones, de venganzas y crímenes se vuelven tema de conversación cotidiana. La crónica roja se queda corta para entenderlas.

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