Diego Pérez

La saña del león

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Domingo 15 de enero 2012
15 de January de 2012 00:03

Si dejamos las cuestiones políticas aparte – el neocolonialismo y el imperialismo, la decadencia del sistema capitalista o las guerras de intervención preventiva- tenemos que concordar, por lo menos, en que uno de los más importantes aportes de Estados Unidos al mundo occidental ha sido su música. Con raíces en casi todas las culturas que han puesto pies en América del Norte, como la música negra del África, como la música celta, como incluso la música mexicana, la cultura sonora estadounidense es profunda y generosa. En especial el rock sureño (y ya vamos, pacientes lectores, llegando a los Kings of Leon) todavía se sostiene en los precursores de los años cincuenta y sesenta, como Little Richard, Bo Didley o incluso el popular Elvis Presley, es decir en la amalgama adecuada de sonidos negros o del country y del folk. Robert Palmer, conocido como uno de los más serios y reputados investigadores respecto de los orígenes del rock, nos dice que “En 1951 no existía nada que se llame ‘rock and roll’, pero claro, ‘rocking and rolling’ era una frase que cualquier oyente de discos de ‘rhythm and blues’ entendía. Era un eufemismo para la práctica del sexo”. Sesenta años después el rock es un concepto de trascendencia universal.

Así las cosas resulta algo extraño que los Kings of Leon, formados entre Tennessee y Oklahoma, en condiciones sureñas a más no poder, hayan sido inicialmente más populares en Inglaterra que en su propio país. Y eso que las condiciones meridionales son clarísimas: la banda está formada por tres hermanos y un primo, el papá de los hermanos es o era un pastor protestante del pentecostés y la mamá se llama Betty-Ann, por supuesto. Añádanle ustedes harto whiskey (así, con “e”) y un viejo Oldsmobile a la materia y la ecuación está lista para ser servida. Cuando una casa disquera se interesó inicialmente por la banda, los hermanos Followill reclutaron a su primo – que vivía en Misisipi- para formar parte del grupo, se encerraron un mes en un sótano a componer canciones (acompañados, según cuentan ellos mismos, de una generosa porción de marihuana) y grabaron un modesto disco de debut.

Lo que admiro de los Kings of Leon es su furia, la a veces poco ambiciosa crudeza de su sonido. El modo en que abordan, casi siempre de forma escueta, la fórmula que parecen haber patentado, es decir la refundición del viejo rock de los pantanos y barrizales del sur y el rock de nueva huella de los garajes de la gran ciudad. Ya lo había dicho el venerable Lou Reed, en defensa de la simpleza y de la severidad del rock: un acorde está bien, con dos estás exagerando un poco y con tres entras en los terrenos del jazz.