Ileana Almeida

Cómo salvar una lengua

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Viernes 21 de febrero 2020

Llegué a Vitoria-Gasteiz, capital del País Vasco, para observar la Política Lingüística del Euskera, la lengua vasca. Me proporcionaron información sobre todos los temas que podían interesarme. Eran tantos los logros conseguidos en el campo de la historia, la autonomía política, la ciencia y la técnica, que decidí centrarme en la enseñanza escolar.

El antecedente de la escuela vasca está en la ikastola; la primera data de 1914. En los 30 del siglo pasado, representó la tenaz resistencia a la decisión de la dictadura franquista de imponer en toda España una sola lengua oficial y una sola cultura nacional. Hoy en día, las ikastolas se han integrado al Sistema de Educación del Gobierno Vasco, pero aún son testimonio de algo más profundo que el Estado o la clase.

Gente de otras regiones españolas migran a Euskal Herría, donde existen tres modelos de enseñanza: en el primero, todas las materias se imparten en euskera, en el segundo, unas asignaturas se enseñan en euskera, otras en castellano, y en el tercero, todas las materias se imparten en esta lengua. El euskera pasa a ser una asignatura más.

Visité una escuela del primer modelo. El profesor, cumplía con lo regulado por la ley de escuela pública: ser escaldun (vasco hablante), tener título de pedagogo y estar alfabetizado en euskera. Ese día, para que yo comprendiera de lo que se trataba, se cantaron canciones y ensayaron trabalenguas.

Hay otras formas populares de mantener la lengua: por ejemplo la korrika, una marcha tradicional que convoca a multitudes de participantes, de acompañantes y espectadores.

Durante diez días atraviesa por ciudades y campos, por la orilla del mar y por los bosques. El personaje protagónico, que va siendo reemplazado cada cierto trecho, lleva un mensaje secreto hasta la meta, donde se lo lee; se trata de una expresión de fidelidad y compromiso con el euskera, con la cultura y el territorio ancestrales.
Otra manifestación lingüística peculiar es la de los bertsolaris, una especie de trovadores a los que se puede admirar en los teatros, pero también en las calles. Con rimas propias del idioma, improvisan relatos cantados que exaltan los valores de la lengua.

En la Secretaría Lingüística conocí los libros de José Sánchez Carrión (Txepetx), escritos desde una perspectiva científica y con una clara intención política. Un Pasado para Nuestro Futuro y Una Lengua, un Pueblo, son los textos más consultados en la biblioteca de la Secretaría porque a más de enseñar, transmiten el sentimiento patrio del pueblo vasco.
Lo más encomiable, es que Txepetx, hijo de andaluces, nativo de Cartagena, desde joven, sintiera apego al euskera, la lengua más antigua de Europa. Estudió y se doctoró en filología vasca en la Universidad de ese país.

Defender a un pueblo y a una lengua no es amparar ninguna “purificación nacional”, sino una tradición nacional única.