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Domingo 13 de enero 2019

Es un tema incómodo, pero es necesario afrontarlo. Me refiero al caso de Román Martínez, un cura de Granada, acusado de pedofilia, un caso sonado en España y en medio mundo, porque fue el caso de pederastia con mayor resonancia en la Iglesia española, en el que el Papa Francisco intervino desde el principio con fuerza y decisión aunque, a la luz de la sentencia, se equivocara. En torno al supuesto abuso se montó toda una historia de corruptelas, una auténtica película de horror. Ahora, años después, el acusado ha sido absuelto por los tribunales españoles, pero el viacrucis vivido nadie lo puede borrar.

La dura lacra de los abusos sexuales se ha convertido (en la Iglesia y fuera de ella) en un tsunami imparable, un motivo de sufrimiento indecible para las víctimas, la sociedad y la Iglesia. No piensen que es un tema de curas. La pederastia salpica a medio mundo y nos exige a todos sumarnos a la “tolerancia cero” pregonada por Francisco. Es terrible que sea en familia donde el crimen aflora con mayor intensidad Poco a poco, el alboroto mediático deviene en una cultura de la sospecha. Tanto es así, que llevado al extremo, se llega incluso a ignorar la presunción de inocencia, enmarañar los procesos y caer en la tentación de dictar sentencia al margen de los tribunales. Creo que este es el caso de Román Martínez. A la luz de la sentencia absolutoria, el Papa quiso darle carpetazo al recibir al cura y a sus dos compañeros, también acusados y absueltos. Durante el encuentro, Francisco les pidió perdón hasta tres veces. Hoy, mucha gente, impactada por el caso, especialmente cristianos granadinos, ha suspirado aliviados al ver a Román libre de toda culpa, pero no de cargar con el yugo de la condena social y del recelo. Nada puede justificar los crímenes de pederastia y quien los comete debe de sentarse en el banquillo y pagar su delito. Pero el caso de Román es una llamada de atención a la opinión pública y a los medios de comunicación que, con la mejor intención, fácilmente pueden crear una realidad paralela. Cercano a los medios, sé que trabajar al hilo de la noticia no es tarea fácil. Por eso hay que estar atentos, ejercer la prudencia, respetar el derecho al honor y a la intimidad de denunciantes y de acusados.

Mala cosa sería que cualquiera y, en concreto, la Iglesia adoptara una actitud corporativa. La víctima es lo primero y hay que vigilar. Mejor nos hubiera ido a todos si jueces, fiscales, funcionarios de educación, padres de familia, obispos… hubiéramos estado más atentos, siendo infinitamente más radicales en la prevención, en la denuncia y en la sanción de los pederastas. Pero el caso Román nos recuerda que no podemos meter a todos en el mismo saco, a golpe de prejuicios. Siempre habrá que moverse en el difícil equilibrio entre la tolerancia cero y la tentación de quedarse atrapado por la cultura de la sospecha.

jparrilla@elcomercio.org