Milagros Aguirre

Nada que cantar

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Jueves 07 de marzo 2019

No se puede creer que Roger Waters, el de Pink Floyd, el de otro ladrillo en la pared, el que llamaba a botar murallas y conseguir la libertad, respalde a un señor sin escrúpulos que se presenta rodeado de militares, de gente armada y con el poder sobre soldados y milicianos dispuestos a atacar a su propio pueblo, perseguir y encarcelar a quienes no piensan como él. Quién iba a pensar que Waters algún día se iba a ubicar junto a las botas y trajes verde oliva, uniforme de una más de las dictaduras latinoamericanas.

Tampoco se puede creer que haya quien respalde al gobernante del país del norte, en esa empresa en Venezuela, disfrazada de ayuda humanitaria, mientras promete levantar el muro para evitar que ingresen migrantes a su país y, como parte de su política de tolerancia cero con la migración, ha separado a niños de sus padres. ¿O se olvidaron de aquellas denuncias de junio de 2018 de los niños encerrados en jaulas en Mcallen?

No se puede creer que gentes de la música y con cierta sensibilidad se le ocurra cantar en esa frontera en la que era previsible que se enfrentaría el pueblo , necesitado de ayuda, con la guardia nacional encargada de impedirlo y que resultó en un saldo de cinco muertos y varios centenares de heridos. ¿Cantar a qué? ¿A los que estaban por morir poniendo el pecho a la bala? ¿A los indígenas pemones muertos en mano de gente armada en la frontera entre Brasil y Venezuela? ¿Bailar al son de quienes han salido desesperados por comida y medicina y que ahora se busca la vida en las calles de Ecuador (o Perú, o Colombia, o Argentina o Chile) con niños en hombros y levantando un cartón con el letrero que dice “Tengo hambre, ayúdeme, por favor”?

Triste papel el de los artistas y músicos, desde Waters hasta Vives, convertidos en bufones de quienes tienen el poder, alineándose, como en la guerra fría, junto a quienes, lanzando supuestas consignas ideológicas de izquierdas o de derechas, solo tienen interés en llenar sus propios bolsillos y acabar con un país, exprimiéndole sus recursos, sin importar si hay muertos, heridos, hambreados y desplazados.

A Venezuela —lo han dicho voces sensatas como Mujica o Sanders— solo la salvan los venezolanos, hartos ya de tanta impudicia. El dictador y los de traje verde oliva y paramilitares, que tanto han pisoteado la dignidad de sus ciudadanos, deberán rendirse, más temprano que tarde.

Los músicos y artistas debieran irse con su música a otra parte: bien lejos de los poderosos y cerca de los ciudadanos, de las minorías, de los desprotegidos. Listos para romper muros, no para crearlos; dispuestos a abrir fronteras (físicas e ideológicas), no a cerrarlas. La paz no llegará ni con gente armada ni con invasiones y bloqueos, así que no hay razón alguna para cantos y conciertos.