2 de February de 2011 00:00

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Manuel Terán

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Se dieron a conocer los datos preliminares del censo y las cifras apuntan a que se ha producido un cambio en la forma de pensar de la mayoría de ecuatorianos. No somos tantos como pensábamos. Que la crisis expulsó a miles de conciudadanos del país es cierto, pero también lo es que con su esfuerzo y sacrificio han abierto otros horizontes a sus familias. Todo aquello ha contribuido a que, de una u otra manera, cale en la conciencia el ejercer una paternidad responsable. A diferencia de lo que se pensaba antes en las capas más pobres de la sociedad, el número de hijos ya no puede ser visto como un apoyo a la economía familiar. En estos resultados, claro está, las mujeres han tenido un protagonismo superlativo. Ha sido un trabajo permanente y sostenido y, diga lo que se diga, ya se pueden percibir algunos beneficios: mayor índice de escolaridad, disminución de la tasa de mortalidad infantil, mayor expectativa de vida, acceso a infraestructura básica, mayor capacidad para adquirir una vivienda propia, elementos que muestran una mejora en la calidad de vida.

Hay que perseverar en estas políticas. Pese a los consejos del Mandatario uruguayo, en su última visita al país, que alentaba a los ecuatorianos a que tengan más hijos, las cifras aún muestran que en su país, con uno de los mejores índices per cápita de la región y que más que duplica al nuestro, su población alcanza niveles de desarrollo humano mucho más elevados. A la vez hay que emprender en esfuerzos que aligeren la carga de los que vienen detrás. Si miramos estos resultados del otro lado, existe el riesgo que los menores tengan sobre sus hombros la responsabilidad de sostener a sus mayores que no supieron realizar sus tareas.

El futuro del Ecuador está en ese grupo de jóvenes y niños menores de 25 años. No se puede esperar mucho más de esa generación que creció en el espejismo de los sesenta, cuyos postulados se hallan en el anticuario de la historia. En esos sueños embarcaron al menos a dos generaciones adicionales que no saben por dónde transitar, aún cuando lo que más les apetece es seguirse llamando de izquierda pero con gustos y salarios similares a los que siempre han denostado. En términos marxistas dirían “gustos de pequeños burgueses”.

Serán esos jóvenes desencantados con tantas promesas los que elijan su camino, percibiendo la realidad mundial y hacia dónde se conduce la civilización próspera y libre. Quizás se dolerán del tiempo y de las oportunidades perdidas, pero para salir adelante tendrán las herramientas cognoscitivas del conocimiento global. En ese escenario lo más importante es hacerles la carga menos pesada, para ello hay que trabajar con vehemencia y responsabilidad para que estas generaciones se enrumben por un sendero que sus padres no lo quisieron ver, segados y obcecados por prejuicios, falsas promesas y poco entendimiento, lo que les impidió separar la mies de la espiga.

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