Monseñor Julio Parrilla

“No puedo respirar”

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Domingo 14 de junio 2020

Parece que fue lo penúltimo que dijo: “No puedo respirar”. Lo último fue llamar a su madre. ¿Por qué será que para los hijos, cuando alguien te oprime, te parte el pescuezo o te ves amenazado, no hay distancias ni en el tiempo ni en el espacio para gritar su nombre? En momentos así, “mamá” es una palabra que sale de lo profundo del corazón y atraviesa el espacio rasgando todos los velos que opacan nuestros sentimientos más íntimos, nuestros dolores y nuestros miedos. El hijo grita y la madre escucha, presente o ausente. Da igual, aunque el grito sea sólo un susurro…

El hombre que dobló su rodilla y ahogó al pobre hijo era un humano inhumano. Y todos los que en el ancho mundo hemos doblado nuestras rodillas como signo de dolor y de solidaridad intentamos expresar nuestro desacuerdo y el hecho de que sólo queremos ser humanos. Esta es nuestra condición, tan contradictoria, tan cruel y solidaria al mismo tiempo.

La imagen del verdugo, uniformado y prepotente, da asco. La reacción de la gente arrodillada, llenando calles, puentes y plazas, repitiendo hasta la saciedad “no puedo respirar” es, a pesar de la falta de oxígeno, un soplo de esperanza. La visión de un mundo crítico y solidario convierte a la Casa Blanca (¡qué ironía!) en una Casa Negra, enlutada y, al tiempo, cuestionada. ¿Le cambiarán el nombre algún día? Puede… Que no sea ni blanca ni negra, que sólo sea, simplemente, la Casa de todos.

Los negros norteamericanos han experimentado en estos días la situación amarga de verse nuevamente ofendidos y maltratados. Lo sucedido ha puesto de relieve las viejas heridas y aireado las viejas banderas de indignación y de lucha: esclavitud, racismo, violencia, exclusión y dos varas de medir diferentes según el color de la piel. El asesinato de George Floyd es una dolorosa prueba de lo que están pasando y han pasado los afroamericanos: el fracaso de una sociedad incapaz de proteger sus vidas y la de sus hijos. Hemos abolido legalmente la esclavitud, pero no hemos enfrentado su duradero legado. La muerte de George nos ha recordado que el racismo es una enfermedad social y espiritual que mata.

¿Se han dado cuenta? La inmensa mayoría de los manifestantes esparcidos por el mundo han sido, están siendo, jóvenes y, muchos, blancos. No me refiero a los saqueadores e infiltrados, a los descerebrados que nunca faltan, sino a cuantos sólo tienen un grito y un mensaje: “No puedo respirar”. Ellos nos están diciendo que mundo no quieren y, al mismo tiempo, el mundo que quisieran construir: un mundo en el que todos podamos respirar el aire puro de la concordia, de la igualdad ante la ley, de la inclusión y de la libertad.

Lo cierto es que el racismo y la discriminación siguen siendo una triste realidad para una civilización evolucionada: todos, blancos, negros, indios y mestizos nos merecemos algo mejor.