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Dos rescates

En el primer rescate, el presidente Rafael Correa, que mantiene una gran popularidad, paradójicamente está retenido más de 10 horas en un hospital en el que se ha refugiado para aliviarse de las vejaciones de una tropa policial bárbara. El Mandatario experimenta una situación tan violenta y confusa que no encuentra condiciones para pensar con calma y asumir la parte que le toca por lo que le está pasando. En el segundo salvamento, en el fondo de una galería, los mineros soportan calor extremo y una convivencia forzada repleta de limitaciones. Se angustian, se desesperan, se organizan y comparten lo poco que tienen por 69 días.

También aprenden a esperar cuando los descubren vivos y conocen que su país y una humanidad exultantes los aguardan arriba. Ellos intiman con la muerte, cercana y real a 622 metros de profundidad, y aprecian las felicidades parciales que les obsequia la vida. Esta dramática experiencia los ha convertido en otras personas, el encierro los ha cambiado, ya nada será como antes.

El presidente Correa conduce un proceso que propone transformaciones sustantivas, pero cuando es rescatado a sangre y fuego en medio de una atroz balacera entre policías y militares compatriotas, en la que casi ha visto la muerte, desde el balcón del palacio presidencial asegura que nada cambiará y lamenta que innecesariamente haya habido hermanos muertos -como siempre, culpa de otros irresponsables sediciosos- pero no hay nada que modificar. La lección es ratificar el camino: eso mandan los votos, las encuestas y sus asesores.

En ambos salvamentos la televisión nacional o pública conduce la información. En la chilena los reporteros tratan de descubrir los lados ocultos de los sucesos y nadie aprovecha este momento de increíble sintonía planetaria para emitir una cuña gubernamental. En la televisión pública ecuatoriana algunos presentadores parecen militantes del partido en el poder, no intentan análisis acuciosos, y se muestran tan discapacitados para señalar responsabilidades en ambos lados del problema que hasta aceptan acríticamente la versión de que un intento de golpe de Estado ha sido propiciado por un fantasma.

El presidente Sebastián Piñera no toma ventaja para alabar su gestión; su alocución es sobria y sentida; no aboga por un partido único; ningún guardia pretoriano le protege las espaldas. Los mineros piden ser tratados como gente trabajadora, y no como héroes ni estrellas mediáticas; han redescubierto el valor de la pareja y la familia reunida. Los mineros salen a abrazar a sus hijos, esposas, madres, amantes, hermanos, padres y amigos. El Presidente ecuatoriano busca los micrófonos de la política y demora su ida al hogar para sanarse con los suyos. En un rescate se salva a 33 personas: ¡cuánta ganancia y alegría para compartir! En el otro’

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