Sebastián Mantilla

Rescatar la política

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Miércoles 28 de octubre 2020

La política no solo en Ecuador sino en muchos países de la región está profundamente cuestionada. En lugar de ser una actividad volcada al servicio público y atender las necesidades más acuciantes de la población, se ha vuelto en sinónimo de irresponsabilidad, improvisación y corrupción.

Como puede verse, la política se ha degradado por el papel que cumplen sus operadores. Es decir, dirigentes y partidos políticos. En teoría, los políticos y las organizaciones políticas deberían cumplir un papel clave en el funcionamiento de las democracias representativas. Son quienes deberían representar e intermediar entre los ciudadanos y las instituciones que conforman el Estado. Sin embargo, esto no ha sido así.

Algunos especialistas consideran que los partidos en la región no solo que han colapsado sino que en cierta medida han contribuido a la consolidación de democracias frágiles. Estudios de opinión reflejan esta tendencia. Hay una pérdida de confianza en las instituciones democráticas, un retraimiento de lo público e incluso una insatisfacción con la democracia representativa.

Si el retorno a la democracia implicó también implantar en los países una nueva forma de relacionamiento Estado-sociedad, donde los partidos políticos jugaran un papel crucial de intermediación, eso se cumplió parcialmente. No tanto por el hecho de que los partidos políticos hayan cumplido un papel secundario sino fundamentalmente porque su desempeño ha sido deficiente.

Es cierto que en la mayoría de los países de la América Latina la situación está relativamente mejor que hace 40 años, momento en el que se dio el inicio de lo que se conoce como retorno a la democracia. Ahora se realizan elecciones de manera periódica y con tasas de participación estables. Existe mayor estabilidad y vigencia del Estado de derecho. Y, hasta cierto punto, se avanza para sentar las bases de un Estado de bienestar.

Pero no ha bastado para solucionar algunos problemas estructurales que vienen del pasado y se han agudizado en el último tiempo: altas tasas de desigualdad y exclusión social, políticas poco efectivas de redistribución de la riqueza y altos niveles de corrupción.

Las protestas que estallaron hace un año en Chile no solo fueron por el amplio descontento ciudadano con el sistema educativo, de salud y seguridad social. Hay una fatiga con la democracia. Algo que se trata de arreglar con la reforma de la Constitución tras el triunfo del “apruebo” en el plebiscito del pasado domingo.
Más que la reforma de una Constitución, la cual debería cambiarse o mejorarse de acuerdo a las circunstancias, creo que la primera gran tarea es mejorar la calidad de la representación. Los políticos deberían tener una sólida formación para el ejercicio de los diferentes cargos y una ética incuestionable. Esto podría ser la base para tener organizaciones políticas mucho mejor estructuradas y capaces de responder a los requerimientos de la sociedad.