Manuel Terán

Réquiem

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Miércoles 11 de julio 2012
11 de July de 2012 00:02

Cerrándose el plazo para que las fuerzas políticas se inscriban ante el nuevo órgano electoral, el que fuera uno de los partidos más grandes, que llevó a la Presidencia a uno de sus mayores líderes, parece condenado a su desaparición. En su momento la Izquierda Democrática se configuró enarbolando el discurso de la social democracia. A él adhirió un vasto sector de la población, que le permitió ser una organización con presencia en todo el país. Pero este proyecto que intentaba posicionarlo como un partido moderno, a semejanza de sus pares europeos, que defenderían postulados, en especial la democracia, no caló a profundidad en todos sus simpatizantes. Ecuador, a diferencia de lo que algunos analistas desearían, no se rige por ideologías. Los que intervienen en política, la mayoría de veces lo hacen por intereses personales o de grupo. Por supuesto que existen importantes excepciones de quienes se han entregado a una vocación y han luchado por postulados . Pero el apoyo de grandes conglomerados generalmente está motivado por otras razones, no precisamente ideológicas.

Por estos lares, para ganar una elección es imperioso autodefinirse de izquierda. Pero en el poder los revolucionarios no renuncian a ganar en dólares, a los viajes, al boato. Si se suma al hecho que en un país con pocas oportunidades los empleados públicos, que por solo tener pleno empleo constituyen una especie con privilegios frente a quién carece de lo más mínimo, se convierten en una base importante de apoyo. Ese pilar que en su momento respaldó al partido socialdemócrata, simplemente se decantó a favor del grupo que controlaba el poder. Nunca existió en su militancia un profundo compromiso con la democracia. Errores de cálculo aportaron para que sus legisladores, e importantes cuadros, coadyuvaran al desmantelamiento institucional que ha sufrido el país en los últimos años. Ya sea por acciones u omisiones, o en otros casos por treparse al carro ganador, prefirieron mirar hacia otro lado cuando correspondía defender el estado del Derecho.

Si creyeron que acomodarse con el ganador iba a ser la mejor estrategia, se equivocaron de manera estruendosa. El resultado ha sido catastrófico y se hallan al borde de la desaparición. Esto es malo para la democracia. Es preferible tener partidos estructurados, que adhieran a ideologías concretas, que sus líderes respondan a su militancia, que sean escogidos después de una hoja de servicios donde destaquen por su capacidad, probidad, honestidad y eficiencia. Lo contrario es vivir a salto de mata, esperanzados en redentores de dudosas credenciales democráticas. Como meta a futuro se encuentra la reinstitucionalización del país y para ello es importante contar con partidos serios. Por el momento sólo queda escuchar los acordes que acompañan en sus instantes finales a una organización política que extravió sus derroteros.