Diego Pérez

República del adjetivo

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Domingo 01 de julio 2012
1 de July de 2012 00:00

Uno de los más grandes retrocesos revolucionarios (puede parecer paradójico, incluso puede parecer una contradicción de conceptos) ha sido el regreso del adjetivo como principal forma de hacer política, y sobre todo como forma de pulverizar al enemigo o a quien resulte incómodo. Hace no mucho –siete, quizá ocho años- casi todos nos escandalizábamos con la vigencia de la política del insulto, de la afrenta y de la humillación. También nos escandalizábamos con la violencia política (que, por suerte, nunca llegó a la represión como en otros países) con las golpizas en el viejo Congreso Nacional, con los frecuentes escándalos y escaramuzas legislativas, con el célebre episodio del “cenicerazo”, con el incluso más célebre, aunque casi olvidado, episodio de cuando un diputado le pegó un balazo a otro diputado. Hasta nos dio vergüenza ajena y nos ruborizamos cuando un político, con desenvoltura, argumentó que su partido se había aliado con otro partido porque a él le daba la regalada gana.

Por un momento –la ingenuidad a veces no tiene límite- pensé que habíamos expatriado a la política del insulto y del adjetivo. Que por fin, como sociedad, habíamos resuelto en firme que queríamos dejar atrás las épocas de ofensas y descalificaciones. Ahora, desde hace un tiempo, nos hemos familiarizado otra vez con la rutina del ultraje, que cada día gana más terreno, que con el pasar del tiempo elimina o acoquina a los adversarios políticos o a quien pueda tener la mala idea de expresar su opinión, de articular su pensamiento crítico o, simplemente, constituirse en un estorbo para la enorme y pesada maquinaria en plena, orgullosa y arrolladora marcha. Es más, desde hace unos años, la política local no se explica sin la humillación, sin el uso libre del armatoste estatal como medida oficial de avanzar en la implantación de un modelo de cero tolerancia. Es más, la política del insulto, aunque pueda parecer exagerado, impide que la democracia eche verdaderas raíces, equivale a la instauración de una política estatal de violencia y se ha convertido desde hace rato en un asunto de derechos humanos.

Aunque no se refleje en ningún balance oficial, aunque no esté fotografiado en ninguna estadística, aunque quizás usted mismo no crea o sienta que lo afecta en su vida privada, habernos habituado al insulto y a la ofensa casi equivale a haberlos legitimado, a haberlos hecho parte de la rutina misma. Mientras las callosidades se afinquen en nuestras almas y mientras las telarañas nublen nuestras mentes, seguiremos viviendo con comodidad relativa en un espejismo petrolero y en un oasis de plácido consumo, mientras la democracia se enmohece en la esquina del desván.