Fabián Corral

Reflexiones al margen

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Lunes 05 de abril 2021

La pandemia es una tragedia que suscita las angustias que son el pan de cada día, y además, plantea algunas reflexiones sobre esta extraña realidad que vivimos: la renuncia a las libertades y las visiones del mundo desde la casa; nuestros miedos y nuestras mínimas valentías; el cambio dramático en la forma de relacionarnos con la familia y la gente; la superación de las instituciones y el Estado; la distancia que no es distancia, y todas las simulaciones que inventamos para contrarrestar la soledad. Y las ciudades vacías. Y los silencios tenebrosos de las noches sin paz. Y los libros que acompañan los desvelos y rememoran viejas lecturas. Y una cierta sensación de ausencia y soledad, que prospera pese a todas las conexiones telemáticas.
Sin acabar de admitirlo, vivimos otra vida y en otro mundo.

Necesitamos una pausa para pensar cómo, desde el encierro, hemos descubierto la casa, sus rincones, el detalle del jardín, la vida de una planta, la gracia de un cuadro, la maravilla del sol que se mete por la ventana, la alarma de los noticieros, y esta enorme e insospechada vocación de esperanza de la que somos capaces cada día.
Hay que pensar en el significado de los detalles y de los gestos, que son la salvación de una mañana o la perdición de una tarde, en la sorpresa que nos causa cómo ha cambiado la gente a la que vemos al cabo de un año. Es preciso pensar en este hábito, adquirido ya, de mirar la mitad de la cara del hijo, del vecino o del prójimo, y de adivinar, tras la mascarilla, la integridad de los rostros, o de imaginar cómo éramos y cómo somos ahora.
Y está también el hecho fundamental de haber pasado, casi sin sentirlo, de la charla cara a cara, y de la sobremesa, al zoom; del paseo en compañía, a la caminata virtual; de la visita, al telefonazo; de las conferencias, a los chats; de la oficina, a la casa. El abrazo ahora es un signo, o es una carita feliz que se dibuja en el mensaje, una mano abierta que es apenas un símbolo, un emoticono, un guiño en la pantalla. En todo esto, el hilo conductor ha sido, y es, el internet.

Así, vamos haciendo la vida de otro modo. Cada día nos empeñamos en construir espacios para conversar y trabajar, incluso, para soñar. La imaginación vino a salvarnos. La paciencia llegó como soporte. La duda se estableció como el argumento esencial, inequívoco, cuando escuchamos al poder. Y, por cierto, y con inusual frecuencia, llega la indignación que permite ventilar nuestros enojos.

Este modo de vivir se prolonga. No avizoramos la luz al final del túnel de un drama que, además, es universal, sin respuestas ni de la ciencia ni de la política, y frente al cual estamos inermes, un poco escépticos, y otro tanto esperanzados.
De este modo, transcurre este tiempo extraño, que, pese a todo, es el tiempo que nos tocó vivir.