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En el Diccionario de autoridades se registra así ‘melancholía’: ‘es voz griega de quien la tomaron los latinos y se pronuncia la ch como k’. Y dice en el segundo artículo: ‘Significa tristeza grande y permanente, procedida de humor melanchólico que domina, y hace que el que la padece no halle gusto ni diversión en cosa alguna’. Y viene el ejemplo ‘de autoridad’ de la lengua (léalo despacito): “Toda melancolía / nace sin ocasión, y así es la mía; / que aquesta distinción Naturaleza/ Dio a la melancholía y la tristeza / Y para ella los medios son más sabios: / Llorar los ojos y callar los labios”. (Pedro Calderón de la Barca, ‘No hay cosa como callar’).

Guardo la imagen de una mujer sentada, inmóvil, a la orilla de un río. Alguien ¿quizá poeta? contó que en el pueblo le curaban la melancolía, dejándola largas horas a la orilla del río, a ver correr las aguas y golpear las grandes piedras.

Pero la Zoila, la Miche, la Rosaura, la Teresa, la Justina, la Juana, en fin, no tuvieron tiempo para la melancolía: fueron la alegría de nuestros primeros años con su cariño sencillo, casi infantil, su compañía y bondad; también, con su travesura: Rosaura y Teresa no tendrían más de quince años, eran ‘muchachas propias’, vivían en la familia hacía tiempo y estaban siempre disponibles para llevarnos de acá para allá, jugar a todas horas, y contarnos ejemplos hacia el atardecer.
Volvamos al Diccionario de autoridades: ejemplo, ‘caso, suceso o hecho que se propone y refiere, o para que se imite y siga, siendo bueno y honesto, o para que se huya y evite, siendo malo’.

(¿Vivo y hablo más de acuerdo con el tiempo del Diccionario de autoridades que con el del Diccionario de la Lengua Española digital?; ¿pertenezco más al siglo XVIII que al XX?, porque al XXI, aún no acabo de llegar). Los ‘ejemplos’ que nos contaban eran amenazantes, horribles, llenos de emoción, repletos de historias del diablo, terror de nuestra infancia, y nos dejaban un ineludible sabor a culpabilidad; entonces, procurábamos ser buenas y hacer sacrificios, dar la galleta que acabábamos de comprar, al pequeñito que pedía caridad junto a su madre, y correr, correr, para olvidar la galleta y olvidar al pequeño; y seguir hasta la merienda en el juego y la algazara, y pedir a la Miche más ejemplos, antes de dormir… ¿Qué milagro de infancia y de belleza nos permitía olvidar el miedo y descansar casi siempre en paz?
Las tías, en la hacienda, nos prohibían ir ‘sin nada’ donde el Ricardo y la Justina, allá, a su casa frente al río. ‘Hijitas, avísenme cuando vayan, para mandarles azúcar, arroz, algo para que coman; cuando van, ellos les dan lo que no tienen’… ¿Darnos lo que no tenían?, ¿cómo? ¡Ni lo pensábamos! Y volábamos, pues no había tiempo de esperar, y la Justina nos daba ‘los huevitos, niña, que acaban de poner las gallinitas’…, o el choclito o lo que hubiera, que siempre había algo.
¡Querida Justina, llena de hijos y bondad!, ¿sería inmune a la melancolía porque desde la única ventana y la puerta de su casita chica se veía correr, abrupto, el río?