Fernando Tinajero

Quito en el corazón

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Cuando Jorge Reyes descubrió que Quito es un arrabal del cielo, no podía imaginar que la pequeña aldea bohemia de su juventud se convertiría en patrimonio mundial gracias a la tenacidad de Rodrigo Pallares y al buen juicio de la UNESCO, ni que las serenatas al pie de los balcones serían reemplazadas por el ofensivo estrépito de los centros comerciales en una ciudad que ya no parece Quito porque no tiene campanarios.

Los quiteños, sin embargo, y también la multitud de afuereños que llegan para una temporada y se quedan toda la vida, parecerían preferir la urbe que se derrama hacia las llanuras del norte, del sur y del oriente, porque les ofrecen amplias avenidas bordeadas por espléndidos edificios cada vez más altos, cuyo solo espectáculo les hace sentir como si estuvieran en alguna de las grandes ciudades de lo que llaman “primer mundo” y les ayudan a olvidar el tugurio de su reciente pasado. Así, Quito (lo que se llama propiamente Quito), empieza a quedarse despoblado, con esas viejas casas donde ronda la sombra de los chullas fanfarrones, cada vez más vacías, o tomadas en forma clandestina por los recién llegados que empiezan la aventura de convertirse en quiteños de adopción, pero quiteños al fin, porque saben que Quito es ciudad-madre.

Me imagino entonces la cara que pondrán Jorge y Rodrigo, y con ellos toda una legión de esos viejos quiteños de otros tiempos, cuando miran a Quito desde un huequito en el cielo. Ellos no olvidan los imborrables zaguanes y recovecos de sus barrios, clavados como entre cuesta y cuesta para proteger el beso fugaz de los enamorados, mientras las tías viejas y solteras atisbaban detrás de los visillos. ¡Qué extraño mirarán entonces el desparpajo de los jovencitos de ahora, mostrando un remedo de pobreza con pantalones rotos! Se mirarán sin comprender, y volverán sus ojos a la Plaza Grande, a la Junín, a la Loma, el Aguarico y La Tola, donde las horas parecían ser más largas, más acogedoras, más apropiadas para la conversación en la sastrería de la esquina, o en la trastienda de la Rosa, donde se componían todos los entuertos de este mundo, estableciendo una justicia implacable que no dejaba a ningún pecador sin su condena.

“Dicen que ya habrá metro”, comenta Jorge, y Rodrigo le contesta “como en París”, y se entristece, porque tampoco el centro seguirá siendo como era; y luego continúa: “Ya desde hace años nada es como era. Aunque están restaurado casas, iglesias y hasta calles, no son lo mismo. Los adoquines de antes eran de piedra traída del Pichincha, no como ahora, tan cómodos pero postizos”, a lo que Jorge agrega con énfasis de encendida protesta: “¿Y acaso los pisos de la Compañía eran brillantes y lustrosos? ¡Puro tablón empolvado, mi querido Rodrigo!”

Y siguen los dos, rindiéndose a la evidencia de que el tiempo no perdona, pero aceptando al fin que cada época tiene su propia marca, incluso cuando una aldea es arrabal del cielo.