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El quinto elemento

jzalles@elcomercio.org

Peter Salovey y John Mayer, autores de la luminosa teoría de la inteligencia emocional publicada en 1990, identificaron cinco componentes principales de la misma: conocerse uno mismo; manejar adecuadamente las propias emociones; conocer al “Otro”; manejar adecuadamente las emociones de otros; y ser perseverantes.

Cuando primero conocí esta fascinante propuesta, me pareció perfectamente lógico que los primeros cuatro elementos formasen parte de la esencia, de la definición misma de la inteligencia emocional. Pero me resultó difícil comprender la inclusión del quinto. Con el paso de los años –ya son casi treinta- he llegado a comprender cuán sabia fue la decisión de Salovey y Mayer de incluir ese elemento constitutivo de la inteligencia emocional.

Primero, en el propio contexto de ésta, quienes no tuvimos el privilegio de haber recibido apoyo para desarrollarla desde nuestra infancia, es decir, todos quienes ya éramos personas conscientes, ni se diga adultos, en 1990, sufríamos entonces, y hemos seguido sufriendo, de bajísimos niveles de inteligencia emocional, los cuales solo pueden ser revertidos con una enorme dosis de perseverancia. El proceso de llegar a conocernos en términos sicológicos y emocionales lo suficientemente bien como para poder comenzar a pensar cómo manejar adecuadamente nuestras emociones destructivas como la ira, la envidia, el ánimo de venganza y otras, es doloroso y angustioso, porque casi siempre implica reabrir heridas emocionales que, naturalmente, preferimos mantener cerradas y olvidadas. El siguiente proceso de aprender a manejar adecuadamente esas emociones es profundamente desconcertante: no tenemos idea de cómo hacerlo, y no existen fórmulas mágicas ni reglas generales que podamos tratar de aplicar. El desafío es equivalente al de enseñarnos trigonometría esférica a nosotros mismos. Tampoco es fácil llegar a comprender las realidades sicológicas y emocionales de otros, y aprender a manejar adecuadamente sus emociones. Si no hacemos enormes y perseverantes esfuerzos para vencer esas barreras y dificultades, simplemente permaneceremos emocionalmente poco inteligentes.

Luego, veo también la crucial importancia de la perseverancia en otros contextos de nuestras vidas, tanto individuales como sociales. La veo en los esfuerzos de mis estudiantes por adquirir buenas disciplinas mentales, el simple y valioso hábito de la lectura, la apertura sin automático rechazo a ideas diferentes de las suyas, el respeto y aprecio por la diversidad étnica, religiosa, ideológica, de orientación sexual. Y veo claramente la necesidad de perseverancia en los esfuerzos que están en marcha, y que debemos mantener vivos, por cambiar no solo las manifestaciones externas, sino las causas profundas del drama de nuestras sociedades.