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Domingo 19 de mayo 2019

Lo conocí en las aulas universitarias hace más de treinta años. Paciente, reposado, inteligente, siempre con un marcado aspecto de quijote, nos recibía con una sonrisa cuando llegábamos puntuales a la clase de derecho laboral de las siete de la mañana, y según pasaba el tiempo, mientras su oratoria se mantenía inalterable, aquella sonrisa desaparecía frente a los que entraban (o entrábamos) atrasados. Sin embargo, jamás recriminaba a sus alumnos, no por un exceso de bondad, que poseía sin duda, sino porque en su interior sabía o suponía y lamentaba el daño que nos hacíamos nosotros mismos al perder parte de su cátedra.

Abogado, catedrático, dirigente estudiantil y universitario, político, activista laboral y social, demócrata convencido, Julio César Trujillo ha dedicado su vida a combatir los excesos del poder y reivindicar los derechos humanos desde sus distintos cargos y oficios.

Su empaque quijotesco genera simpatía entre los que lo imaginan luchando en solitario contra molinos de viento, pero para tiranos y corruptos, y para sus correspondientes rémoras y secuaces, aquella sombra que proyecta su imagen se ha vuelto inmensa y terrorífica.

Los más grandes miserables del país se mostraron estos días de cuerpo entero en su insignificancia y estrechez mental alegrándose y jaleando la condición crítica de Trujillo tras haber sufrido un derrame cerebral. No cabe duda que en estos especímenes la estupidez es más ágil que el raciocinio. En circunstancias como aquellas, ante la desgracia o la tragedia del adversario e incluso del enemigo, sus oponentes bien pueden engrandecerse con un gesto amable o con una tregua que refleje humildad, caridad o magnanimidad; o descubrirse como verdaderos canallas, como lo hicieron estos seres ínfimos que quedaron expuestos en su cobardía, en sus miedos y, por sobre todo, en su inobjetable culpabilidad.

Y es que este quijote no solo contribuyó a desbaratar la perversa telaraña tejida en la dictadura para poner al servicio del tirano todos los poderes y sus instituciones, sino que además descubrió y encauzó las investigaciones y procesos de la trama de corrupción más grande que haya conocido este país. No solo destruyó las instrucciones para armar el modelo socialista del siglo XXI, sino que también despedazó la maqueta y descabezó a los monigotes que puso a dedo el tirano para dejar en la impunidad su larguísima lista de perversiones y fechorías.

Cuando están de retirada, los sujetos de baja estatura moral y deficiente comprensión suelen reaccionar dando coces a los caídos en batalla, o lanzando improperios y acusando a mansalva, incluso a las piedras, de haberlos traicionado, pues su naturaleza está gobernada por la idiotez y la cobardía: la primera los lleva a tachar de traidores a los que los han descubierto, y la segunda los hace regodearse y envalentonarse ante el oponente que los derrotó mientras se encuentra extenuado o indefenso, como si se tratara de una manada de hienas apaleadas.