Pablo Cuvi

¿Quién es el traidor?

Se dice que toda revolución devora a sus hijos. Lo que acontece, en realidad, es que uno de esos hijos, no el más brillante sino el más ambicioso, cruel y sin escrúpulos, va controlando todos los hilos del poder y empieza a descabezar a quienes le hacen sombra por distintas razones. Así, Dantón y Robespierre pasan bajo la guillotina y la Revolución Francesa termina en manos de un caudillo militar, Bonaparte, y de una burguesía que se enriquece en el camino, tal como, guardando las enormes distancias, se enriquecieron los sandinistas que, al ser derrotados electoralmente por Violeta Chamorro, usurparon los bienes que habían sido expropiados a la familia Somoza. Piñata de corrupción que quebró al FSLN y alejó a los líderes honrados.

Si en la época heroica de la lucha armada, los sandinistas habían llamado ‘perros’ a los guardias somocistas que masacraban a la población, 40 años después, los paramilitares del matrimonio Ortega Murillo matan a balazos a más de 400 manifestantes que exigen democracia en las calles, sin contar presos, torturados y desaparecidos. Ese es precisamente el tema de ‘Tongolele no sabe bailar’, flamante novela de Sergio Ramírez que acaba de ganarle una orden de captura, acusado de una serie de crímenes que lindan con la traición a la patria.

¡Oh, sorpresa! La misma acusación que le hiciera Somoza en 1977 y que el tirano actual, que busca la reelección eterna, sigue utilizando para encarcelar a los candidatos opositores. Aunque parezca ociosa, la pregunta es:
¿quién es el traidor?

Depende. Para los populistas de izquierda que siguen creyendo que el castrismo es revolucionario y sus subsidiarias en Managua y Caracas también lo son, quienes exigen elecciones libres, democracia y libertad de expresión son traidores y mercenarios a sueldo de la CIA. Y escritores como Sergio Ramírez y Gioconda Belli constituyen un peligro ideológico que debe ser erradicado aplicando, en última instancia, el método del padrecito Stalin, quien eliminó a toda la vieja guardia bolchevique y mandó a romper el cráneo de Trotski –apodado ‘La Pluma’, por su brillantez para escribir–pues ese cerebro era el venenoso manantial del desviacionismo y la contrarrevolución.

Nada nuevo bajo el sol del Caribe, salvo la pitonisa Rosario Murillo, que a cambio del poder socapó el abuso de Daniel Ortega a su hijastra adolescente, tema que tocó de lado Ramírez en una novela anterior: ‘Ya nadie llora por mí’. Cuando estaba promocionando ese libro esperpéntico y lo entrevisté en Quito, dijo que él era como el notario que da fe de lo que pasa en Nicaragua y pone a sus personajes a caminar entre las ruinas. Añadió que “en la historia de América Latina los intelectuales siempre se han enfrentado con los caudillos militares y han salido perdiendo”.

Pero no por eso va a callar. Y eso lo engrandece a él y a la resistencia nicaragüense.

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