10 de February de 2011 00:00

Política y vanidad

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Alfredo Negrete

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En una entretenida conversación, más anecdótica que académica, el maestro Alejandro Román Armendáriz sostuvo que la vanidad no era solo un execrable defecto de los humanos sino también de algunos animales. Con su habitual y proverbial locuacidad, afirmó que el gato era una incontrovertible evidencia; de lo contario, no se justificaría cómo se lame y se relame. La diferencia, añadía que esa especie, por razones desconocidas, ignoraba el espejo, situación que no sucede con la mayoría de los humanos dedicados a la política.

Esta introducción es indispensable en el Ecuador luego de la provocativa consulta popular que, sin duda va a tener más costos políticos que la asonada del 30 de septiembre, sin que la OEA pueda pronunciarse en esta oportunidad, pues la iniciativa viene del propio Gobierno aliado. El maestro, más en serio, nos advirtió que el exceso de vanidades se produce mucho más en los aspirantes que en los caudillos o grandes conductores, pues estos saben del costo irreparable del engreimiento en política. Estas reflexiones vienen con motivo de la consulta que hasta antes de que se la concibiera, el escenario nacional estaba constituido por una sola voz, los inefables asesores y un árido panorama donde la controversia no tenía el menor asidero. De repente todo cambió y estamos enfrascados en un arduo debate constitucional que ya trascendió internacionalmente por el que la Cámara de Industrias a Quito pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para que interponga sus buenos oficios con el fin de que se cumpla con el sagrado deber de velar por la vigencia del Estado de Derecho y con el marco internacional que rige obligatoriamente para el Ecuador desde 1969 en que se suscribió en San José de Costa Rica.

Este cambio político que se ha operado inesperadamente ha provocado que por diferentes razones políticas hayan aparecido nuevos actores que en diferente tono reclaman la vigencia del ordenamiento jurídico de Monterita. En este momento, siguiendo la costumbre política nacional de e exclusión, no dialogan entre ellos o por lo menos se desconoce. Es probable que hasta que se defina la suerte jurídica de la consulta presidencial exista un tácito pacto de cada cual navegar por su lado sin lastimar al de al lado. Si se apela a la metáfora es como arribar al Amazonas desde el Napo, el Pastaza u cualquiera otros de los históricos afluentes y se alcanza por lo menos un apretado resultado la situación habría mutado y los caminos para los frentes estarían abiertos para la alternancia democrática. Por supuesto que otra vez, como sucedió con la antigua locura de Erasmo, es posible que entre nuevamente en escena la vanidad, que en política significa no resignar posiciones sino mostrar desconcierto por que los otros no son capaces de reconocer que la mejor opción es la nuestra. Es obvio.

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