Fabián Corral

La política sentimental

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Lunes 31 de octubre 2011
31 de October de 2011 00:01

La reelección de Cristina Kirchner es un episodio más de la “política sentimental” que ha sido la marca de la democracia y del populismo latinoamericanos. No está muy claro si los argentinos votaron por la esposa, en cuanto sujeto electoral, o si lo hicieron por el último caudillo peronista, por su memoria y su discurso. No sé si la fuerza de los votos proviene solamente de las condiciones del gobierno, de las capacidades de la presidenta, o si viene de la nostalgia. No se, incluso, si Cristina es ella, o si es un argumento para “reelegir” a Evita. No se cuál habría sido la suerte del mismo Néstor Kirchner, si no hubiese crecido al amparo del recuerdo y de la imagen de Juan Domingo Perón.

Los Kirchner, ¿son ellos, o son la máscara sentimental, que prolonga la vida del peronismo treinta y siete años después del muerte del general? Curioso, a los líderes peronistas siempre les sucedieron en el poder sus esposas. Primero fue Estela Martínez, en julio de 1974. Ahora es Cristina Fernández. Antes, Eva Duarte fue el argumento sentimental que hizo posible el fenómeno populista más importante del siglo XX, en América Latina. En todos los casos, ya sea por carisma propio, ya por carisma derivado de la nostalgia de los muertos, lo determinante ha sido el sentimiento, no la racionalidad. Las líneas esenciales de la política argentina –y latinoamericana- han estado vinculadas con los caudillos, con su capacidad de convocatoria, con su apelación a resortes que no permiten el sereno examen intelectual previo a las decisiones. Los argentinos o son peronistas o no lo son. No hay términos medios. Porque, además, su política es un tango.


Esto tiene larga memoria. Argentina es un país que viene de los caudillos federales, de las guerras civiles que asolaron a las provincias, viene de la afirmación de lealtades extremas, emotivas, casi suicidas, a personajes como Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, el “Chacho” Peñaloza o el general Perón y su inefable Evita. La pregunta es si en sociedades como éstas cabe la democracia occidental; si en estas realidades, donde se identifica al Estado con la magia de un líder, y a la política con el gesto y el discurso de un hombre –o de una mujer-, es posible elegir con las pautas que imaginaron los fundadores del sistema representativo. ¿Será esta pasión por los caudillos una “virtud”, o es el vicio que deslegitima? ¿Es la contradicción esencial que explica por qué en América Latina hasta las revoluciones nacen y mueren con los personajes que las encarnan, y por qué no trascienden de la inevitable mortalidad de sus mentores?


En América Latina, ¿ha habido democracia reflexiva? Sí ha habido pasión. Ha habido íconos, mitos y santones. Ha habido peronismo, velasquismo, castrismo, chavismo, y todos los demás que son la marca del subdesarrollo, y el argumento para enmascarar al autoritarismo.