Fernando Tinajero

Política y pedagogía

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Jueves 03 de septiembre 2020

Bueno o malo, exitoso o fracasado, sincero o mentiroso, el político es un maestro de su pueblo. Lo es más que ninguna otra persona de figuración pública (artista, inventor, deportista o escritor), y su constante magisterio es de enormes alcances: cada uno de sus actos y de sus omisiones, cada palabra y cada gesto, constituye una lección que sus seguidores aplauden e imitan. Sus actos convierten a la gente en un espejo donde él puede verse a sí mismo: la gente creerá lo que él cree, pensará lo que él piensa, hará lo que él hace, omitirá lo que él omite, porque en ella se reflejará su conducta como en el espejo se refleja nuestra imagen.

En un lugar donde las virtudes cívicas han permitido la práctica habitual de la decencia, los actos de un político son estrictamente vigilados: no solo los órganos del poder público, sino también la prensa y esa cosa indefinida e impalpable que se llama opinión pública, se encuentran siempre atentos para sancionar cada uno de los actos y de las palabras del político, por lo cual es común que los políticos actúen con decencia. Decencia quiere decir que los actos o palabras sean decorosos y públicamente presentables. Así se construye la ética social, que es una práctica habitual de la decencia, convertida subjetivamente en norma.

Pero allí donde las virtudes cívicas brillan por su ausencia debido a un escaso desarrollo de la conciencia social; allí donde la sociedad se encuentra todavía en trance de integrarse, allí donde la construcción del estado no ha tenido un limpio desarrollo y ha tropezado a cada paso con la fuerza, la ética social está aún por construirse: construirla es la tarea suprema del político. Si actúa con respeto a la ley, si al hacer pactos o alianzas procede sin segundas intenciones, si establece una adecuada prioridad en el planteamiento de los problemas que discute, está enseñando con sus actos que la ley debe ser respetada, que el engaño está proscrito, que los problemas deben ser afrontados según su grado de importancia.

Pero si el político no lo hace, si recurre a la trampa y al engaño, si emplea la habilidad del tinterillo para pretender que pase por legal lo que no lo es, estará enseñando a su pueblo que no es necesario respetar la ley, que la trampa se encuentra permitida, que no importa la gravedad de los problemas sino el beneficio que se puede alcanzar al afrontaros. Semejante magisterio será, por lo tanto, un obstáculo muy grande para la construcción de la democracia y el político estará conspirando contra la posibilidad de alcanzar una ética social que haga más sólida la convivencia.

Estas ideas han sido siempre sabidas por todos; pero por saberlas demasiado las hemos callado mucho tiempo, y por callarlas, las tenemos olvidadas. Estamos justamente en el momento en que es más necesario recordarlas y exigir a nuestros políticos que actúen siempre con decencia.