José Ayala Lasso

Las plagas de Egipto actuales

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Sábado 29 de febrero 2020

Relata la Biblia, en el Antiguo Testamento, que cuando los Faraones se negaron a permitir que el pueblo de Israel emigrara de la esclavitud a la libertad, Moisés anunció que caerían sobre los opresores diez atroces plagas que, finalmente, lograron que se rectificara tal prohibición.

Fuera de toda implicación religiosa, cabe decir que Dios, la Naturaleza, la Armonía o como quiera que se llame al orden universal, han sido ofendidos por la conducta de la raza humana que, dejando de lado la racionalidad que la distingue de todos los demás seres vivos, olvidando la unidad y nobleza singular de la especie, haciendo caso omiso de la interdependencia y solidaridad que a todos ligan, ha preferido marchar por las rutas del más rancio epicureísmo con la pretensión de crear un nuevo orden materialista de la vida.

Parecería que las plagas de Egipto se están presentando como respuesta a esos errores. Sequías nunca vistas vuelven desérticas las tierras donde florecían fecundos cultivos seculares; voraces incendios destruyen fauna, flora, países y continentes que claman por lluvias que, en otras regiones, caen inmisericordes y arrasan campos y ciudades; nubes de volátiles e insaciables langostas hambrientas consumen alimentos destinados a poblaciones famélicas; las montañas pierden sus nieves perpetuas mientras un inmenso iceberg se desprende del continente antártico. Y en estos días, la pandemia del corona-virus -“de la que ningún país puede sentirse libre”, ha dicho el Director General de la OMS- tiene estremecidos de impotencia a estadistas y científicos que la ven propagándose incontrolable por aire, mar y tierra.

La guerra es pan de cada día en muchas regiones. Millones de migrantes huyen despavoridos de sus países y no encuentran acogida sino rechazo en tierras extrañas.

La droga, esa alimaña infernal y mortífera, se ha convertido en una práctica que relativiza hasta lo más evidente, la verdad y el bien.

Mientras tanto, seguimos discutiendo, paradójicamente, sobre intereses personales o de grupo sin querer ver el daño que hemos causado a la casa común. Predicamos los derechos de la naturaleza y los violamos cada día. Acordamos tratados de protección ambiental y los denunciamos tan pronto los intereses empresariales se ven afectados.

Nada extraño que, como consecuencia de tan inconsciente proceder -incapacidad de comprender y escasa voluntad de actuar- la tierra esté dándonos una respuesta que podría ser el anuncio de una hecatombe.

Cada persona debe contribuir para evitar la tragedia. Los poderosos océanos están hechos de la unión de gotas de agua individualmente impotentes.

Que la advertencia que nos trae la última plaga del corona-virus nos abra finalmente los ojos y podamos así evitar el cataclismo universal que irresponsablemente hemos venido construyendo.