Diego Pérez

La piedad del poder

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Domingo 22 de enero 2012
22 de January de 2012 00:00

El poder aplasta y luego perdona. El poder exhibe y usa sus garras, para después conmiserarse y ejercer su magnanimidad con miras a las encuestas y a las urnas. Así, el resultado lógico del uso del poder absorbente es su clemencia, castigar duramente con el objetivo –entre otros- de perdonar graciosamente después (envolver el yunque en guante de seda). Sentar el ejemplo para que nadie pueda pasarse de la raya unilateralmente trazada. Sentar precedente.

Es que el poder empieza a sentirse y a creerse eterno, vigente hasta el fin de los tiempos, inventor de la historia, gerente-propietario de la verdad, fiduciario de lo conveniente y de lo inconveniente. Ahora más que nunca el poder mira lejano y poco probable el fin de sus días, se siente sólido y perpetuo. Y el poder, con la ilusión de la infinitud y el aroma del petróleo, se ríe a mandíbula batiente de las instituciones más básicas de la vida en democracia, como las ideas ajenas, como la rendición de cuentas, como los necesarios límites del Estado, como la sensatez en las relaciones internacionales. Bah, eso es para neoliberales y para ingenuos. Aplaudan de pie, porque es por su bien muchachos.

Todo tiene dueño, incluso el silencio. Todo está bajo los resortes del poder, o a punto de caer bajo sus dominios. La lista es larga y ejemplificativa: las urnas, la propaganda, la opinión, la historia misma, la lista de quién es bueno y quién es malo, la noticia y la verdad. Todo es reinventable y reinterpretable, los hechos históricos son volubles. Incluso los derechos fundamentales son flexibles y están a merced de quien gobierne: así en Irán la situación de la mujer responde a diferencias culturales muy entendibles, Cuba ejerce un distinto tipo de democracia y los funerales en Corea del Norte son la demostración del amor de un pueblo por sus líderes tan admirados.

En estos parajes no hay lugar para la moderación o para el debate, todo debe ser radical y absoluto, indiscutible y fundamental. No se vislumbra por el momento el final de esta era de lo absorbente, de lo indiscutible, del mando vertical, de agachar la cabeza, de no poder prender ni la televisión ni la radio por empacho de la propaganda. Así, pues, el poder ejerce su mando no solamente para someter sino para perdonar después de someter. ¿Arrepentimiento?, ¿remordimiento? No creo. Supongo más bien que será una de las dimensiones de la majestad con la que todo el mundo se llena la boca, de la república de lo unilateral y de lo caprichoso. Supongo más bien que debe ser una medida para no perder votos ni puntos de popularidad, para siempre poder alegar cierta bondad, cierta generosidad.