Susana Cordero de Espinosa

Un peso interminable

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Martes 24 de diciembre 2019

Si Dios no existe, todo está permitido dijo Aliosha Karamazov a su hermano Iván, el ateo.

¿Y si existe? ¿Y si ‘existe’ demasiado, y, como pretexto para el dominio personal y político, justifica el poder, el crimen, la guerra? ¿Si nos impide ser?

George Steiner, gran ensayista judío, habla de “el interminable peso de la ausencia de Dios”; pero un Dios creado a nuestra conveniencia, ¿no es un peso mayor?

Hace un año, murió el escritor judío Amos Oz. Unas líneas brillantes de su libro ‘Contra el fanatismo’: … ‘La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar. Lo queremos perfecto y buscamos ‘salvarlo’, convencidos de que hay una palabra redentora que da sentido a la vida. Afán de redimir al otro que es la base de nuestro pequeño fanatismo, o de fanatismos inmensos y terribles; si nuestra voluntad se propone cambiar el mundo y se contagia a los demás, empieza el horror sin límites’.

En Occidente y Oriente hemos asistido y asistimos aún a actitudes fundamentalistas sobre valores religiosos y políticos; imaginamos que la democracia norteamericana o la europea son modélicas y han de imponerse: el fundamentalismo se apoya y extiende en la modernidad tecnológica y nos aboca a un universo de información banal, de publicidad y economía libradas a la codicia, cuyos fines se justifican con el aval de Dios.

Pertenecer a una iglesia que garantiza la salvación del creyente dignifica el existir, si es consecuente a la exigencia de la fe; pero si excluye otras formas de interpretar nuestro ser en el mundo; si instituye los dogmas como principios que nos vuelven proclives a la intolerancia, a la búsqueda de salvación aun por el asesinato ‘justificado’ del otro -ejemplos existen hoy- nos sume en la contradicción. Occidente avasalla el mundo con su arrogante materialismo consumista ¡tan atractivo e inofensivo para muchos! Vivimos la religión para cumplir ambiciones personales terrestres, y celestiales y eternas… Aceptamos creencias, abandonamos nuestra voluntad al dictado de verdades sobre las que ‘no cabe duda’. Afirmarnos sin preguntas nos empuja al fanatismo. Fanatismo religioso que anula el ejercicio de nuestra libertad, limita nuestro sentido crítico, vuelve excluyente nuestra vocación, nos envanece y deprava; ahorra responsabilidades y brinda el bienestar falaz de compartir la comodidad de certezas indubitables, en la unidad de una multitud que no piensa. Liberados del temor a errar, podemos alienarnos hasta la muerte.

Al fanatismo no siempre le sigue la violencia; existe un fanatismo étnico, político, doméstico y machista que reduce y maltrata a la mujer; podemos ser fanáticos del equipo de fútbol, del ídolo musical de moda o, y en el Ecuador sobran ejemplos, ser fanáticos de nosotros mismos… En todos nosotros existe cierto grado de fanatismo, no siempre violento, pero siempre enajenante: ¡el fanatismo de la ignorancia, del olvido del otro, de la insolidaridad. 

scordero@elcomercio.org