Fernando Tinajero

Personas y máscaras

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Jueves 17 de septiembre 2020

Todo rostro es una máscara. Dorian Gray, en la novela de Wilde, tuvo la fortuna de que su rostro, en el cual todos veían siempre los inalterables rasgos de la juventud y la belleza, nunca se viera alterado por el libertinaje y la crueldad en cuyas aguas se hundía un poco más cada noche. No obstante, Basilio Hallward hizo de él un retrato tan lleno de vida, que nunca dejó de registrar la perversión creciente y la deformación monstruosa de su alma: por eso, lo que al principio fue la imagen de un joven bello e inocente se transformó al final en el horrible y deformado rostro de la maldad humana. Aquel retrato fue la máscara de Gray.

El nombre de la máscara usada por los actores en la tragedia griega es “prosopon”, palabra cuyo equivalente latino es “persona”. La “persona” (máscara) corresponde, por lo tanto, a la naturaleza del “personaje” de una obra: el retrato de Gray fue su “persona”.

Del mismo modo, en la célebre fotografía que dejó para la historia la conferencia de Yalta, es posible reconocer las “personas” de Churchill, Roosevelt y Stalin. El primero y el último, sentados en los extremos, miran hacia la derecha del espectador, pero su mirada es distinta. El rostro de Churchill es el de un muchacho obstinado y rebelde, pero incapaz de decir siquiera una mentira. El de Stalin, semi oculto bajo el quepis, es un rostro que oculta demasiado sus pensamientos y sus segundas intenciones, la frialdad con que puede disponer de vidas y destinos. En el centro, Roosevelt es el único que mira hacia la izquierda del espectador, y es el rostro de un hombre joven a pesar de sus años, oportuno y práctico, pero incapaz de matar una mosca (otra cosa es que lo hagan sus aviones). Los tres fueron los “dramatis personæ” de la lamentable, luminosa y trágica comedia con que empezó la historia del mundo contemporáneo.

Se me ocurre entonces que es posible establecer una suerte de tipología de los rostros políticos del mundo, es decir, de sus máscaras. Quizá los principales tipos sean el del hombre de éxito; el de quien quiere lucir como intelectual, pero no puede; el del verdadero intelectual que no quiere parecerlo, pero se delata en su gesto y sus palabras; el del autosuficiente, que a veces se confunde con el perdonavidas; el de quien se cree triunfador antes del triunfo. Hay también, desde luego, los rostros anodinos de la ingenuidad y los rostros peligrosos de la astucia; hay los que nacieron para mártires y no logran ser crucificados; hay los rostros resentidos y los rostros deslumbrados como el actor novato cuando sale de pronto al escenario y busca vanamente su parlamento en la memoria…
Me preguntan si estos modelos calzan a los rostros de los flamantes candidatos. No lo sé, todavía no he mirado sus fotografías; pero sé que ninguno de los carteles electorales que los presenten sonrientes y simpáticos tendrá las cualidades del retrato de Gray: ninguno ocultará los rasgos de sus “personas” verdaderas.