Milagros Aguirre

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Jueves 01 de octubre 2020

Cuando inició la pandemia se decía que íbamos a ser mejores. Sí. Que el planeta estaba respirando. Que necesitaba una pausa. En las redes sociales circulaban fotos bellas de animales cruzando libremente por aquellos espacios que el ser humano había convertido en barreras. Osos de anteojos paseando, por ejemplo, por la carretera de Papallacta y las alegres llamas sentadas sobre el asfalto sin temor a ser atropelladas. Monos danzando en los parques de los pueblos amazónicos. Delfines bailando cerca de las playas. Cantamos “Resistiré” y “Volveremos a brindar”, pensando que, al despertar de la pesadilla, el mundo estaría mejor, el aire más limpio y el verde, más verde.

Pero lo que ha pasado lo contrario: mientras unos estaban guardados por temor a contagiarse y aplaudiendo desde sus ventanas la llegada del hombre nuevo, otros estaban entrando a hurtadillas a la selva para talar sin piedad el bosque. Lo que ha pasado en la Amazonía ecuatoriana ahora no tiene nombre: han metido maquinaria pesada, abierto caminos donde no se debía, han convertido a la selva en un enorme aserradero de balsa. La están sacando por tierra y también por aire. Sí. ¡Por aire! Están sacando la balsa en helicópteros y llevando personal y maquinarias en avioneta. Pregunten, si no lo pueden creer, a la comunidad de Moretecocha que ha tenido que advertir a las compañías aéreas que operan en su territorio. Como ha pasado siempre, con unas pocas monedas han dividido a comunidades y algunas, escasas de recursos, han abierto el paso al madereo. Los trabajadores de la madera, que son el último eslabón de una compleja cadena, han desbrozado y destrozado lo que ha habido a su paso, dejando la selva con montañas de aserrín. Han entrado con orugas a Limoncocha, aprovechando que los guardias han estado sin trabajar o que han sido despedidos. Están en el Napo, en Pastaza, en Orellana. A Pacayacu la han vuelto nada. Están como una plaga más, como las langostas o los caracoles africanos, en todas las cuencas de los ríos amazónicos. ¡Habrán acabado ya con los grupitos de indígenas aislados!

Según los datos de exportaciones del Banco Central, entre enero y julio de 2020 se ha exportado el doble de madera de lo registrado en todo el año 2019. Y entre enero y marzo, el 97 por ciento de las exportaciones de madera fue a China. La balsa de la Amazonía, la minería, el petróleo y la pesca de Galápagos, tiene un mismo destino y parecidos depredadores ocultos que ocupan a los puñados de desempleados para hacer ese sucio trabajo. Sin ningún escrúpulo han aprovechado la pandemia, el desgobierno, la falta de controles, para acabar con la naturaleza, a pesar de los millones que está recibiendo el país por cuidar el bosque… La pandemia no nos ha mejorado… parece que nos ha hecho más peores…