Ana María Correa Crespo

Paz para Colombia

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Jueves 30 de agosto 2012
30 de August de 2012 00:03

Desde hace un tiempo dejé de seguirle la pista a Álvaro Uribe. Parecería que su enfermedad post-poder es casi más grave que el síndrome mesiánico que sufría cuando gobernaba Colombia. Ahora está solo, amargo y monotemático. Es común encontrarlo en Twitter volcando todas las críticas – que van desde la traición hasta la incompetencia – en contra de quien fuera uno de sus colaboradores más cercanos. Este nuevo rol de quintacolumnista es tóxico y lo enajena del mundo al punto que como decía Héctor Abad en un artículo para el New York Times, parece celebrar cada ofensiva de las FARC como una evidencia del fracaso de Santos y una victoria política para él, acostumbrado a declararse como el único capaz de combatirlas sin tregua.

Por eso no es extraño que la primera reacción del ex presidente ante el anuncio del inicio de los diálogos del Gobierno con las FARC haya sido en tono catastrófico lo doloroso que es para Colombia, que el Gobierno se siente a negociar con los terroristas.

Santos, contrario a todas las expectativas previas, en cambio, ha emergido como el líder pragmático y templado que necesitaba el vecino país, luego de la turbulenta guerra contra el terrorismo de la era previa. Confieso que la gestión de Santos me ha dejado sin piso, pues yo podía haber asegurado que con él se recrudecería la violencia y se fortalecerían las teorías uribistas como aquella tan extraña de la “guerra preventiva” para bombardear el país vecino.

Pero no, Santos en un gesto inesperado, ha anunciado un nuevo proceso de diálogo con las FARC y creo que la decisión es de celebrar. Está probado que en este tortuoso proceso de dolor y lágrimas que ha lacerado a Colombia por 30 años y le ha ocasionado unos 300 000 muertos, la guerra y el exterminio no han sido, ni de lejos, solución definitiva para el conflicto.

Es que el proceso supone que a las FARC – aun derrotadas como están - no se las extermina como creen aún muchos, quienes al resto califican de ingenuos e ilusos, sino que en un complejo proceso de años, se los reintegra en la sociedad y en última instancia se los hace parte de la vida política. Eso será una vez que el resultado sea exitoso y se hayan podido sentar en piedra bases suficientes de confianza. Además, tendrán que admitir que luego de la contaminación narco-guerrillera y paramilitar en su política, este es el único camino viable. Uno difícil, pero indispensable.

Al proceso no se entrará a ciegas. Demasiado sagaz es Juan Manuel Santos, como para no aprender los errores del pasado que condujeron a estruendosos fracasos. Estos deben marcar la ruta del presente.

Santos tiene entre manos la última y más crucial oportunidad para Colombia, a pesar de todo el escepticismo y oposición que encontrará a su paso.