Alexandra Kennedy-Troya

Patrimonio moderno en riesgo

Hace pocos días un grupo de expertos, convocado por Escuela de Arquitectura de la Universidad del Azuay (UDA) y por el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural (INPC), discute intensamente sobre las estrategias de valoración de la arquitectura moderna en Ecuador. El fin último es lograr los insumos necesarios para declarar la obra del arquitecto y urbanista uruguayo Gilberto Gatto Sobral de carácter patrimonial y de esta manera protegerla. La Universidad Central del Ecuador, el Municipio de Cuenca o el primer plan urbano de esta ciudad, son de su mano. Lo interesante y curioso -a estas alturas del partido- es que al parecer el INPC aún no ha implementado herramientas de identificación y valoración del patrimonio del siglo XX: arquitectónico, artístico o urbanístico, y todo se mide con la vara del patrimonio colonial. Haciendo extensiva esta observación, también resulta insólito que aún solo se piense en “la arquitectura moderna” y no se extienda el tema a otras modernidades que estaban en juego en la América Latina entre 1880 y 1960. La Fundación Getty ha generado interesantes herramientas que permiten y animan a ser más inclusivos, según palabras de uno de sus autores Jeff Cody.

El ampliar nuestras miradas y preocupaciones sobre un patrimonio en peligro de extinción nos permitirá, por ejemplo, incluir lo que queda de los primeros barrios obreros de nuestras ciudades o las fábricas textiles en los suburbios, las iglesias y capillas neogóticas como la Basílica del Voto Nacional, o una rica colección de libros diseñados e ilustrados por Galo Galecio o Eduardo Kingman. El experto uruguayo Pablo Frontini fue claro en realizar lecturas compartidas entre el patrimonio artístico, arquitectónico y urbanístico; la peruana Alejandra Acevedo mostró una riquísima experiencia de catalogación de edificios modernos y su sistematización. Hay buenos modelos de trabajo a los cuales referirnos.

Sin embargo, las herramientas generadas bajo criterios de valoración bien trazados deben ser socializadas a la mayor brevedad posible. Por otra parte, no debemos patrimonializarlo todo sino ser muy selectivos en qué guardamos como muestra de un tiempo y una sociedad. El patrimonio seleccionado no puede recaer sobre hombros privados ya que tarde o temprano buscarán rentabilizarlo, sin importar ni su integridad ni su autenticidad. Las políticas de protección y la gestión del patrimonio son tareas exclusivas del Estado.

Mientras estos valiosos debates se dan en la academia con la pausa propia de toda reflexión, y las instituciones estatales con la lentitud, la falta de claridad y firmeza que les caracteriza, los inversionistas privados no pierden el tiempo: empezó ya el derrocamiento del Hotel Quito, uno de los mejores ejemplos de arquitectura moderna del país.