Abelardo Pachano

Ni paraísos ni infiernos fiscales

¿Porqué aparecieron los paraísos fiscales? Respuesta simple: Porque a lo largo de las últimas décadas se reprodujeron los “infiernos fiscales”. Sin estos últimos, no habrían nacido o se habrían reproducido estos mundos de tributación marginal que, además de ser estables y sin tratar de justificar sus políticas, demuestran que pueden existir Estados (Suiza, Irlanda, Singapur, Luxemburgo, entre tantos otros), que no requieren de sobrecargas tributarias para ofrecer un alto nivel de vida a sus ciudadanos. Y tomen en cuenta que todos son países pequeños que defienden su viabilidad con estas ventajas tributarias frente a los grandes colosos del mundo.

Concurren además razones de seguridad derivadas de políticas económicas inestables (amenazantes, expropiatorias), que afectan los flujos de capitales lícitos cuyo destino busca ser ese ámbito de jurisdicciones de menor carga tributaria.

Por supuesto, el mundo de economía subterránea (lavado de dinero, corrupción pública, narcotráfico, contrabando, sub o sobre declaración de valores comerciales) se aprovecha de la deformación construida a lo largo de muchos años de maltrato a la inversión privada menospreciando su sensibilidad a cambios imprevistos o como producto de políticas dispendiosas de los recursos públicos, para incrustarse en estas jurisdicciones nada transparentes.

La OCDE viene desde hace muchos años tratando de convencer a los gobiernos sobre la necesidad de corregir las políticas fiscales para desincentivar estos mercados; y, ya consiguió, con el apoyo del G-7, establecer una política universal, que ahora debe ponerse en práctica, de un impuesto mínimo a la renta de las empresas del 15%, precisamente para acortar las diferencias con las tasas vigentes en muchos países.

Este es un gran paso que tomará tiempo en concretarse, pero que finalmente abre un camino de racionalización de las cargas tributarias cuyo complemento debe ser el compromiso, más complejo pero indispensable, de racionalizar las tasas máximas de contribución para la funcionalidad de los Estados. Por supuesto, en un ambiente de esta naturaleza, los países deberán mirar con más cuidado el manejo de los presupuestos públicos si quieren ser zonas atractivas para la inversión privada, marcadas sólo por los diferenciales naturales de riesgo implícito de cada economía.

Todo esto es posible conseguirlo sólo si existe voluntad política de manejar las cuentas públicas con eficiencia y pulcritud.

El planeta, si quiere limpiar sus lacras debe viajar en esa dirección, pero hay que asegurar que la ley sea el eje inviolable de las relaciones económicas y, que el sistema mixto de mercado, juntamente con la democracia convivan en armonía.

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