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Pacto de caballeros

El acuerdo Molotov – Ribentrop tiene algún parecido al que se dio entre Rafael Correa y Abdalá Bucaram al inicio de la Revolución Ciudadana. En el caso nazi soviético, como el que se supone entre los histriónicos líderes nacionales, se dieron algunos parámetros similares. El pacto fue entre enemigos o adversarios; benefició solo a los que aceptan ese compromiso desconociéndose en qué consistieron las prestaciones que cada uno recibió o se obligó; su duración en el caso ecuatoriano hasta el momento es de cinco años y, finalmente, estos pactos no constituyen ningún precedente para futuros acuerdos o desacuerdos. Históricamente solo se evalúan los resultados y no los propósitos. Sin embargo, hay que notar que en el caso que precedió a la Segunda Guerra Mundial a pesar de diferencias políticas e ideológicas entre las partes fue público y hasta solemne; distinto al caso ecuatoriano donde se arrasó con el orden constitucional y el pueblo, siempre llamado irónicamente ‘el soberano ‘, fue un simple observador.

Una diferencia fundamental que corresponde analizar para efectos prácticos es que el pacto político, a diferencia de lo que sucede con la concertación es privado, reservado y utiliza todos los mecanismos de simulación para aparentar que nunca existió.

Por eso en algunas circunstancias exigir pruebas de un pacto equivale a demandar una confesión de las personas involucradas en el acto sacrílego- penado, condenado y continuado - del adulterio. En consecuencia, no podemos en nuestra política silvestre exigir que pactos contrarios a la ética pública en cuanto afectan a la transparencia que garantiza la vigencia de una democracia se los celebre a la luz del día. Solo queda examinar el curso de la historia reciente y descubrir si se garantizó el retorno del líder del PRE a cambio del voto clave de esa organización para que la ‘revolución’ cumpla su objetivo de la constituyente. Allí si comprenderá en toda su dimensión el precepto bíblico. ‘Por sus frutos los conoceréis’.

Corresponderá a los historiadores analizar lo que sucedió con aquel Tribunal Supremo Electoral que descalificó a legisladores elegidos por el pueblo, a los miembros del Tribunal Constitucional y aceptó la convocatoria a una Asamblea Constituyente haciendo trizas de la Constitución vigente. ¿Quiénes eran, dónde están y, si se puede en un exceso de suspicacia, cuáles son sus declaraciones patrimoniales antes y después? ¿Donde estuvo la OEA?

Luego, es necesario conocer qué sucedió para que después de algunos años de una ‘Pax Romana’ o convivencia política casi agradable, los caudillos – el uno de la tarima y el otro del micrófono- ingresen a la arena de los gladiadores. ¿Mal reparto? El uno tiene todas las armas a su favor; el otro, siguiendo la canción de Carlos Mejía Godoy, responderá como Clodomiro Arteaga, respecto a las mujeres: “Me defiendo, me defiendo como gato panza arriba”.