Benjamín Fernández

La pacificación nacional

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Miércoles 05 de octubre 2011
5 de October de 2011 00:02

Uno de los objetivos básicos de cualquier gobierno es lograr un nivel de pacificación que permita llevar adelante los planes de desarrollo. No existe ningún caso en la historia de la humanidad donde la crispación y la violencia hayan logrado hacer que la gente viviera mejor. El gobernante que cree en la teoría de la permanente agitación y persecución finalmente lo único que logra es que incluso el grupo que lo apoya pierda la paciencia y termine rebelándose contra él. Algunos gobiernos en América Latina parecen ser muy eficientes persiguiendo a sus adversarios pero son notablemente incapaces, corruptos y venales en las obras que emprenden a favor del pueblo. Y la razón es muy simple, no se pueden administrar los recursos y planes de un país al mismo tiempo que se hace “política nacional” de la saña y la confiscación de recursos de los críticos al gobernante. La democracia no tolera ambos ejercicios y concluye finalmente el pueblo pagando sus consecuencias.

Lograr pacificar los espíritus es por lo tanto uno de los grandes objetivos de cualquier gobierno cuyo interés central es conciliar los ánimos dentro de un marco de respeto y tolerancia que permita el desarrollo de políticas de largo plazo que impacten sobre la pobreza, la corrupción y la criminalidad. Para hacer gobernables a los pueblos se requiere paz y eso no se logra cuando la justicia se alquila al poder político para doblegar miserablemente a quienes han osado levantar su voz crítica o simplemente diferente a la versión oficial de los hechos. Un mandatario democrático debe tener las espaldas anchas y la sensibilidad de la piel de un rinoceronte si pretende gobernar en disidencia. Lo contrario es convertir a la crítica y a los críticos en razón de estado y perseguir la disidencia usando todas las herramientas del poder para demostrar a su paso su intolerancia, adolescencia y pequeñez.

La crítica al poder humaniza y proyecta en el depositario de la misma características necesarias que permiten a los pueblos entender el significado de la democracia y no equipararlas a conductas autoritarias que finalmente solo promueven la violencia como recurso de contestación. Recuperar el sentido del valor de la crítica, potenciar el argumento de la paz social en disidencia lo que consiguen es ciertamente que las acciones del gobierno se concentren en luchas frontales contra los verdaderos enemigos de las democracias latinoamericanas: hambre, inequidad, inseguridad, corrupción y prepotencia del poder.

La gran pregunta que queda por hacerse es: ¿si los gobiernos que persiguen la libertad de expresión lo hacen “política de estado” tras reconocer su incapacidad o su falta de voluntad para llevar adelante las verdaderas funciones de un gobierno democrático?