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Domingo 30 de diciembre 2018

Al final de cada año nuestra memoria hace su propio balance, normalmente atendiendo los caprichos de la razón o aceptando como válidos y necesarios los bloqueos deliberados de la mente.

Sin embargo, ciertos recuerdos esenciales suelen ser postergados en estas fechas ya sea porque pasan desapercibidos entre el trajín de los festejos y la orgía de presentes y congratulaciones, o bien por simple extravío, porque no solemos percatamos de que la felicidad, aunque efímera, estuvo allí, acompañándonos en silencio, adoptando las formas más simples.

Y es que nadie nos advierte nunca cuando estamos viviendo uno de esos instantes de plena felicidad. Nadie nos previene jamás en esos momentos de goce máximo que se convierten demasiado pronto en recuerdos atrapados en los innumerables pliegues de la memoria.

La vorágine de nuestra existencia nos impide ver con claridad entre la bruma del tiempo. En ocasiones, el pasado resulta ser como un libro cerrado que ha sido destinado a su posición definitiva en una biblioteca o que por desventura fue condenado a mantenerse quieto en una caja arrumada entre muchas otras en cualquier desván, hasta que en algún punto, el presente nos obliga a volver la vista atrás, a las páginas de ese libro olvidado o a aquel hecho descartado de forma instintiva por nuestra mente, y de pronto nos damos cuenta de que la felicidad era aquello que había transcurrido sin que lo supiéramos, sin que lo entendiéramos, sin que lo notáramos.

Casi siempre la felicidad se encuentra en esos pequeños detalles que dejamos pasar o que se quedaron inadvertidos y que permanecen allí, almacenados o enclaustrados para servirnos de guía en los momentos más oscuros.

Si hurgamos un poco en nuestra memoria hallaremos, por ejemplo, la primera mirada entre sorprendida y trémula de nuestros hijos al nacer, o su sonrisa franca al vernos a su lado durante los momentos importantes de su vida; o los rostros de complacencia de nuestros padres y hermanos cuando sorteamos con éxito esos obstáculos que surgieron en el camino; o, quizás, el cariño y la fraternidad que se mantiene vigente con los amigos a los que vemos cada vez con menos frecuencia, pero que siempre serán compañeros y cómplices.

Encontraremos por allí la efervescencia del amor íntegro, ése que nos une sin fisuras y con delirio a la persona que nos habita, la que es capaz de acompañarnos incluso cuando está lejos.

Descubriremos esa melodía que tiene la fuerza para trasladarnos a aquel instante señalado por un aroma particular, por una sensación inconfundible, por un sabor único. Estarán allí los gritos de alegría y aquellos abrazos eternos festejando un gol de nuestro equipo. Y aparecerán también besos, caricias, carcajadas, bromas, brindis, bailes, gestos amables, apretones de mano, la solidaridad, la generosidad y la cortesía, los actos valerosos, los temerarios incluso, si tuvieron razón de ser…

En fin, encontraremos allí los detalles que hacen que la vida realmente valga la pena.