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Oro y miserias

Mendigos sobre sacos de oro... no suena mal…, aunque la experiencia por estos lugares ha sido que los sacos de oro, sean negros, rojos, amarillos o blancos, casi siempre llenan los bolsillos de pocos y empobrecen a otros muchos. Otros, con todo el oro, o por culpa de él, se vuelven bastante miserables.

Uno, por ejemplo, iba al monte a por ‘el árbol de oro rojo’ (cedro), creyendo que mejoraría su vida. Se llevó cuatro centavos. Lo demás se llevó el patrón y el patrón del patrón.

Un día, por entrar a tierra ajena, le clavaron una lanza a él y a un compañero suyo. Ese murió. Él se quedó con todas sus miserias a cuestas. Como no pudo con ellas, la miseria se le fue más adentro, hasta la médula.

Plata que tenía, se la bebía. Como la vida es tan desgraciada, borracho y perdido, le agarró a machetazos a su mujer.

La mujer, indígena, salida a los 12 años de su comunidad para atender en un comedor, como tantas chicas indígenas movidas por el sueño de riqueza, sobrevive con las huellas de la miseria, vueltas cicatriz: una que va, de la comisura de los labios hasta la nuca.

Otra, que le atraviesa la espalda. Como las desgracias no vienen solas, la hija pequeña se golpeó la canilla, se le hinchó la pierna y le dio fiebre. Le llevaron al hospital, pero como pasa acá, no parece el mejor lugar para curar a un enfermo. La niña murió en 24 horas.

Ahí va la mujer, con sus penas a cuestas, la foto de la niña muerta y sus denuncias en una carpeta apretada entre los brazos. Ahí va, con el puñado de niños que alimentar, incluyendo el de su hija abusada a los 14, y con una sonrisa que indica que la miseria la hizo inmune a cualquier dolor.

Mendigos sentados sobre sacos de oro… como ahora Dabo, pidiendo pan y cola porque el petróleo le puso traje militar, un tatuaje y una carretera llena de tubos y mecheros donde instaló su ‘puesto de control’, pero le quitó su territorio, su caza, sus monos chorongos y el canto de sus pájaros.

Seguramente Humboldt quiso decir otra cosa, distinta a esa frase que repiten los políticos desde hace cuatro décadas para justificar la sed de petróleo, el hambre de maderas finas y la ambición frente al brillo del metal.

Tal vez el viajero se refería a otra riqueza… la del paisaje, por ejemplo. Por algo era naturalista.

O a la de la belleza de los nevados que encandilaron su paso por la avenida de los volcanes. A los ríos cristalinos y al verde de los valles, a la imponente selva, a los bosques que ya están demediados, a las aguas de los ríos, que ya no sirven para beber.

A la riqueza de ese país secreto que descubría Carrera Andrade en su poesía y que poco tiene que ver con la riqueza de un día, que se convierte en pan y fiesta para hoy, hambre para mañana y que vuelve, a los pobres –y también a los ricos-, miserables.