Susana Cordero de Espinosa

“La libertad, Sancho”…

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Martes 16 de abril 2019

Releamos la reflexión magnífica de don Quijote en defensa de su libertad recobrada, no, luego de haber penado en una cárcel (Cervantes sufrió en muchas), sino después de haber sido reconocido y colmado de favores en el palacio de los Duques, en gozo del trato debido a los caballeros. Liberado de favores y prebendas, sale a cabalgar y a buscar las aventuras, mientras Sancho, gran tragón, que en el palacio comía hasta el hartazgo, lamenta los goces perdidos. Las palabras de don Quijote muestran una libertad muy distinta de la hartura de placeres y buenos tratos, reñida con el gozo corporal momentáneo, las posesiones y la vanidad.

Siglos más tarde, Sartre razona: ‘el hombre está condenado a ser libre’: la libertad o posibilidad de optar se prueba en la elección. Vivimos en el dilema de que, incluso al no elegir, elegimos no elegir. En un mundo sin Dios, como el sartriano, el hombre es el único responsable de sí mismo, nadie puede responder por él: su conducta lo define; en su actuar se revela el sentido de su existencia.

Para llegar a la plenitud de nuestra humanidad, elegiremos lo que honra a nuestra libertad, desde la razón y la fidelidad a valores auténticos, es decir, desde la responsabilidad. El ser humano que elige valores deleznables y pasajeros se comporta, según Sartre, ‘como un objeto inerte’, es decir, se vuelve cosa, se autocosifica.

Comencé este artículo con rabia, abrumada y agobiada: el Ecuador nunca ha sido un paraíso, políticamente hablando, pero nunca ha tenido un gobierno como el del correísmo que consagrara la corrupción con tal caradura y prepotencia; que hiciera callar a todos buscando apropiarse de los medios de comunicación para volverlos ‘públicos’ y ponerlos a su favor (pavona al canto)… Que ideara insoportables sabatinas donde se menospreciaría todo y a todos los que no adularan al hoy psicótico del ático. Me precio de no haber soportado ni una sola de ellas, de las que huí instintivamente. Ahora, curiosa paradoja, el que, para ocultar ante el mundo su odio trumpiano a la prensa, acogió, a nombre de nuestro país, al ‘hacker’ Assange, se siente en su ático, por lo visto y lo por ver, tan atrapado como el australiano, sin el alivio de la patineta.

Balan aún por él rapiños, pavonas, longues, gabis y demás lastres que, clamando a favor del pueblo, repletaron sus propias arcas esquilmando a los pobres de entre los pobres.

Hoy nos alegra hasta el alma la decisión soberana de nuestro presidente, de devolver a Assange a la justicia. Nos libró al fin de ese individuo al que no nos corresponde juzgar ni proteger -¿cómo protegerle de sí mismo, de su pasado y su ‘presente’, sin el riesgo de que convirtiera en coprófilos a todos sus adláteres? Espero y creo de buena fe, que Assange, frente a la justicia, recuperará la razón que, aparentemente, iba perdiendo en un encierro sin metas.

Decisiones cosificantes las del correísmo. La del presidente y nuestro canciller, responsable, por soberana y humana.