Ivonne Guzmán

Solo eso

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Es tanta la tergiversación de la reivindicación central del feminismo que habría que escribir diez mil veces, a mano, lo que en realidad es, para ver si algún rato acabamos con esta confusión absurda y perversa. Sí, perversa, porque causa daño intencionalmente.

Sea por ignorancia o con alevosía, quienes se dedican a difundir las locuras que se oyen en la calle, en reuniones de todo tipo, en la Asamblea Nacional y en redes sociales no pueden seguir haciéndolo con patente de corso. Al menos que se note su ignorancia y/o su vileza. En un mundo que merezca ser vivido, la necedad no debería seguir siendo la norma. Por eso, quien tenga ojos, que lea, y quien tenga voluntad, que entienda, no lo que digo yo, sino lo que propuso en el siglo XVIII Mary Wollstonecraft.

En una sola frase, la escritora y filósofa inglesa, compendia todo el sentido de esta lucha que lleva siglos y que, incomprensiblemente, parece que aún tiene al menos algunas décadas por delante, cuando en algún punto del siglo XX se creyó que estaba por culminar. Esta es la frase de Wollstonecraft: “Yo no quiero que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre ellas mismas”. Solo eso. Es básico. ¿No les parece? ¿Por qué no habríamos de tenerlo? ¿Por qué?
Y aquí habría que hacer una especificación, quizá innecesaria si todos entendiéramos que las mujeres de Wollstonecraft son todas las mujeres; bueno, la especificación es: mujeres de todos los orígenes étnicos, condiciones sociales/económicas, creencias religiosas, edades (esto es para que ojalá lo entiendan quienes por ley pretenden negar derechos a niñas y adolescentes) y orientación sexual (incluye a las mujeres trans).

Este punto no es menor en sociedades tan estratificadas e injustas como las actuales, cuyo patrón vergonzoso se replica en todo el mundo –es difícil encontrar excepciones–. En términos de la academia y el activismo a esto se le llama ‘feminismo interseccional’. O sea que ya saben de qué se trata cuando alguien pone este término sobre la mesa o lo saca a la calle en carteles enormes; enormes como gritos. Porque, en realidad, injusticias de este calibre solo provocan chillar, desgañitarse chillando.

Para quienes no lo sepan, Wollstonecraft también fue abolicionista. Si se pelea por la justicia social, no se puede pelear para que aplique para unos y no para otros. ¿Por qué, entonces, los sistemas legales de buena parte del mundo le han concedido razón a Wollstonecraft en una de sus luchas (al menos formalmente la esclavitud ya no es legal en ningún lado; aunque en este instante haya cientos de miles siendo esclavizados) y no en la otra (la igualdad de derechos y oportunidades para las mujeres)? Ambas propuestas rezuman humanidad y sensatez. Solo eso. No es tan difícil de entender ni de aceptar, ¿o sí?