Pablo Cuvi

En el laboratorio chileno

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Sábado 23 de noviembre 2019

Ya en Santiago, pregunto por qué siguen protestando si Piñera aceptó renovar la Constitución. “Queremos mejores salarios, educación, jubilación, respeto...”, responden. Como todo el mundo, pienso, ¿pero quién les va a dar todo eso? Por la noche, en una alegre boda, me presentan a Pablo Azócar, autor de ‘Pinochet: epitafio de un tirano’. Muy a la chilena intercambiamos un par de bromas hasta que digo: “Si no les gusta Piñera, les podemos mandar a Correa, que anda sin trabajo”. Súbitamente se acaba el hueveo: “Siempre salen con Venezuela. No. Buscamos otra salida a este sistema perverso”.

Humm, el horno no está para bollos; esa crispación me recuerda al Chile del 73 que me tocó vivir y se hallaba al filo de la dictadura. Porque en este país–laboratorio–político se había aplicado durante el gobierno de Frei el modelo de la Democracia Cristiana, con reforma agraria, cooperativas y chilenización del cobre. El experimento no paró allí pues en 1970 triunfó Salvador Allende, caso único en el mundo de un marxista que alcanzaba el poder por la vía democrática. Pero, errores aparte, en plena Guerra Fría era impensable que otra Cuba prosperara en América Latina. No solo intervino la CIA; hasta los empresarios brasileros financiaron el paro del transporte que arruinó la economía chilena. Cuando la mayoría de la clase media y la DC habían girado todo a la derecha, vino el golpe.

Y otra vez fue Chile el primero en aplicar el modelo neoliberal, respaldado con la brutal represión de Pinochet, quien hizo aprobar la Constitución de 1980 que sigue vigente. Sin abandonar la economía neoliberal, el retorno a la democracia y la Concertación fueron también un modelo de equilibrio, sagacidad y realismo pues (eso se olvida) el general Pinochet continuó como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y senador vitalicio. Dentro de ese marco les tocó moverse a los gobiernos democristianos y socialistas y parecía que el asunto funcionaba bien. Tanto así que reeligieron a Bachelet y al mismo empresario Piñera que aparece hoy como la encarnación del mal y la impericia, junto a Macri y Bolsonaro.

Sin embargo, desde el 2006, las protestas de los estudiantes, los jubilados, los mapuches, las mujeres, así como los reclamos por el transporte, la salud y los salarios no eran procesadas por el sistema político, hasta que un alza mínima del pasaje generó el estallido. El resto es historia fresca y La Alameda muestra las huellas de la lucha social y el vandalismo. ‘No son 30 pesos sino 30 años’, dice un grafiti.

Otra vez en la encrucijada histórica, ¿logrará Chile pasar de un neoliberalismo salvaje a un sistema que sea capaz de incorporar a la mayoría de la población y se convierta en el modelo para una América del Sur desgarrada por populismos corruptos, indigenismos delirantes y macris ineptos?