Juan Valdano

Puros y contaminados

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Miércoles 10 de abril 2019

Corría el año de 1962 en los EE.UU. cuando el talentoso pianista negro Don Shirley, quien residía en Nueva York, fue contratado para realizar una gira de conciertos de música clásica en pueblos y ciudades del “Sur profundo”, allí donde, por tradición, el negro era discriminado. Cual otro Orfeo y contando tan solo con la magia de su música, Don Shirley se aprestó a descender al infierno de la segregación racial esperando hechizar con su arte a los hostiles demonios de la supremacía blanca. Y si en opinión de Igor Stravinski el virtuosismo musical de Don Shirley era, nada menos, “digno de los dioses”, para los amos del Ku Klux Khan, un afroamericano interpretando a Chopin era un contrasentido.

Don Shirley resultaba demasiado negro para ascender al Olimpo de las divinidades blancas. Nunca ha faltado la petulante desmesura de grupos étnicos, religiosos y políticos que, por alguna arcana conjetura, se creen poseedores de verdades absolutas, portadores de purezas raciales, depositarios de dogmas e ideologías que sustentan tiranías, genocidios, purgas y totalitarismos.

A partir del siglo XVI, la monarquía española asumió para sí una supuesta misión providencial: la salvaguardia de la fe católica en una Europa dividida por las herejías. Moros y judíos fueron expulsados de Castilla. En la conciencia de los españoles empezó a gravitar la ominosa sombra de la Inquisición. En defensa del dogma no pocos herejes ardieron en la pira del fanatismo religioso. Otro tanto hizo en Ginebra el puritano Calvino.

La “limpieza de sangre” pasó a ser obligatoria en la España de los Austrias. Muchos decían ser “cristianos viejos” sin demostrarlo. Y si en la Península un vasallo debía probar que por sus venas no circulaban rezagos semitas, en América había que ostentar purezas y blancuras íberas que no siempre eran claras ni legítimas. En una sociedad mestiza como la hispanoamericana se impuso la ética del disimulo: ostentar lo que no se es y ocultar lo que se es. Proclamar al Apéstegui y Perochena, enmascarar al Chuzig, al inga y al mandinga que el rostro no desmiente fue el drama de Eugenio Espejo. Destino del mestizo ha sido siempre fugarse de sí mismo, anegarse en la ruidosa sociabilidad de los otros.

El siglo XIX fue fecundo en teorías racistas que sustentaron el colonialismo europeo y bajo cuya ideología nos vieron y juzgaron a los latinoamericanos. Joseph de Gobineau afirmó la superioridad de la raza blanca; su presencia dominante en la Historia se debe -según dijo- a su incontaminada “pureza aria”. Esto no ocurre con otras cuya “degeneración” proviene de las mezclas. Aquí está el germen de los nacionalismos, la semilla de los fascismos; aquí, el embrión de los integrismos ideológicos, de los gulags, del apartheid y el macartismo americano. ¿Ser puro? Vaya usted a saber qué significa.