Ileana Almeida

Protección a las lenguas

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Viernes 19 de abril 2019

En las academias, cumpliendo con el pronunciamiento de la Unesco sobre el Año de las Lenguas Indígenas, se ha comenzado a discutir los problemas que enfrentan esos idiomas. Es un hecho que la situación lingüística se caracteriza por el entrelazamiento de relaciones económicas, políticas, ideológicas, étnicas, sociales, culturales.

Al evaluar esta situación surge como punto central los efectos negativos que acarrean a las lenguas originarias las actividades extractivas. Tan graves son sus consecuencias que la Organización de las Naciones Unidas se ha empeña en proteger a las lenguas de los peligros que entrañan los manejos de las mineras, petroleras y madereras. Se ha encargado al Consejo de Derechos Humanos la redacción de un instrumento legal y vinculante para evitar los desplazamientos territoriales forzosos inducidos por las compañías.

En nuestro país, las maquinarias terminan con las selvas, los campamentos mineros reemplazan a las comunidades, las lenguas nativas se volatilizan.

La educación en lenguas vernáculas exige de los indígenas un esfuerzo enorme, que no es ni apreciado ni apoyado debidamente por los ministerios de educación, cuyos burócratas no captan las necesidades de una enseñanza que debería sustentarse en la renovación profunda de la conciencia de identidad histórica y social de los implicados. Es indispensable establecer consejos científicos especializados en teoría lingüística, lexicología y lexicografía, y en el problema del desarrollo de las lenguas con relación al desarrollo de los pueblos que las hablan.

En el Ecuador, la Educación Intercultural Bilingüe requiere, además, de una teoría de las lenguas indígenas que tendría que revelar las formas originales del pensamiento que subyace en cada idioma, estudiar sus tipologías, la pertenencia genética y la relación del léxico con la semántica.

Un factor para el desaparecimiento de las lenguas es la migración indígena a las ciudades. La precaria supervivencia en el agro obliga a los campesinos a dejar las comunidades y trasladarse a urbes donde el poder municipal parece haber decretado su inexistencia. En nuestras ciudades se sobreexplota la fuerza laboral de los migrantes y no hay espacios ni oportunidades ocupacionales para que las lenguas vernáculas consigan resistir. La única alternativa de “urbanizarse” es aprender, mal que bien, el idioma de los explotadores, lo que lleva a olvidar las lenguas propias.

Las comunidades tradicionales son ambientes protectores para las lenguas indígenas. Ahí, las diferencias de género, edad, parentesco se integran, se guarda la tradición, la comunicación se mantiene. Sin embargo, dado el aislamiento, las funciones de esas lenguas se reducen muchísimo por falta de información externa. Por tanto, las escuelas comunitarias deberían contar en la Internet con programas en lenguas originarias para acceder a contenidos universales y actualizados.