Francisco Rosales Ramos

Cobardía o dignidad

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Miércoles 24 de abril 2019

“Caballo loco” le llamaban a Alan García en su primera presidencia, entre 1985 y 1990, porque, a sus 36 años, con sobra de vehemencia y nulo conocimiento de la realidad económica, presidió un desastroso gobierno que sumió al Perú en una de sus más profundas crisis, con una inflación del 7 000 por ciento, como parte de un caos generalizado.

Alan García se refugió y a los 15 años volvió para ser nuevamente elegido presidente para el período 2006-2011. Su contrincante, en esa época un Humala chavista hasta el tuétano, facilitó su reelección. En esta segunda presidencia García se empeñó en un manejo económico ortodoxo, en el campo político se respetó la institucionalidad y los derechos de los ciudadanos, pero la corrupción se extendió como una pestilente mancha de aceite.

García fue líder indiscutible de APRA, el partido de masas, fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre quien, pese a tener gran respaldo popular, nunca llegó al Palacio de Pizarro. Es más, fue actor del asilo más largo que registra América Latina: perseguido por la dictadura de Odría, se refugió en la embajada de Colombia en Lima 5 años y 3 meses.

El suicidio de Alan García ha conmocionado al Perú y al mundo entero, pero especialmente a los países de la región. Se refugió en la embajada de Uruguay en Lima a finales del año pasado, pero el gobierno de ese país le negó el asilo. Regresó a su domicilio en Miraflores y allí se encontraba, prohibido de salir del país, cuando el miércoles pasado optó por el suicidio antes que acatar una orden de prisión que él sabía lo tendría en la cárcel probablemente hasta su muerte.

No quería verse en la penosa situación de Fujimori: viejo, enfermo, despreciado, en la ignominia de la prisión, ni que los ciudadanos que tanto le habían apoyado en su larga carrera le equiparen con tres ex jefes de Estado: Ollanta Humala, Alejandro Toledo y Juan Pablo Kuczynski, procesados por coimas de Odebrecht. El suicidio de García recuerda la cultura ancestral de la civilización japonesa en la que un personaje de alto nivel tiene la obligación moral de cometer seeppuku -conocido también como hara kiri-, para lavar una indignidad por haber faltado a sus obligaciones de honor, o para no caer en manos del enemigo, ir a prisión y ser torturado.

Los tentáculos de Odebrecht se extendieron a lo largo y ancho de América Latina corrompiendo a jefes de Estado, ministros y funcionarios de todo nivel, pero en ningún otro país como en Perú, han tocado a cuatro ex presidentes y una candidata, Keiko Fujimori, a quien le faltaron muy pocos votos para llegar a la Presidencia de la República.

Solamente García sabrá si recurrió al suicidio como un acto de cobardía para no enfrentar sus responsabilidades políticas y legales, o como un acto de dignidad de una persona que fue dos veces presidente de la República.