Fernando Tinajero

Los paraísos perdidos

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Jueves 12 de marzo 2020

Entre los mitos hebreos que hacen del Antiguo Testamento un tesoro de la imaginación, el mito del Paraíso Terrenal es uno de los más estimulantes. A él se remite necesariamente el mito cristiano del Cielo o Paraíso, entendido como morada del Padre –o sea, ese Paraíso que Milton ya consideró perdido para siempre. Sin embargo, la diferencia es notoria: el viejo mito hebreo puso el paraíso en la Tierra, y fue la casa donde el imaginario Adán vivió su vida de señor de todo lo creado; el mito cristiano, en cambio, lleva el paraíso a un lugar extraterrestre que, a pesar de su nombre, no se identifica con el cielo cotidiano, como solemos llamar al espacio interminable.

Colón, que fue el precursor de un número también interminable de desdichas, puso el Paraíso en América, y recurrió al libro de Esdras para probar ante los reyes sus primeras sospechas. Acertó, desde luego, aunque estaba muy equivocado. En efecto, después de haber llegado al Orinoco en su tercer viaje a nuestro continente, y convencido de haber llegado a la lejana Asia, pensó que tanta maravilla solo podía ser la morada de Adán, situada entre el Éufrates y el Tigris. Nunca llegó a saber, el pobre, que el paraíso de América es su propia geografía, organizada en torno a un eje formado por la confluencia de una inmensa cordillera y un río majestuoso que no tiene parangón en todo el globo. Aquellos dos gigantes, que forman un ángulo casi recto, marcan la longitud y la anchura de un mundo tan rico que puede encerrar en su entraña varios mundos aún desconocidos, pero todos repletos de paisajes que sin discusión se catalogan como los más bellos de la Tierra.

Parece, sin embargo, que el destino de todo paraíso es la destrucción que le causan sus mismos moradores. Luzbel perdió el suyo al pretender, lleno de soberbia, igualarse a su propio creador. Adán fue expulsado al ceder a la tentación de conocer el Bien y el Mal, probando el fruto del árbol de la Ciencia. La humanidad perdió su acceso al paraíso cristiano al erigir sus ídolos de barro para reconstruir la corte celestial.

En nuestros días, podemos ver cuánto ha crecido el culto al único dios verdadero que es todavía digno de fe, de confianza y de anhelo en los cinco continentes: un dios que es tres y uno al mismo tiempo, tres y uno como un triángulo perfecto: Dinero, Poder y Placer. Su paraíso está hecho de esa sustancia pegajosa y negra por la cual toda la humanidad es capaz de matarse, como se ha matado, en efecto, muchas veces, y seguirá matándose porque nadie ha descubierto todavía el freno a la ambición. Por eso, cada vez que pienso en los paraísos reales o imaginarios de este mundo, puedo pasar por pesimista o quizá mal informado, pero pienso que el porvenir del hombre-sin-paraíso no está lejos del que fue anunciado por Albert Einstein. Cuando le preguntaron cómo sería la Tercera Guerra Mundial, contestó: «No lo sé, pero sí sé cómo será la Cuarta: con palos y piedras».