Fernando Tinajero

Volvamos al mundo de la vida

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Jueves 11 de abril 2019

Alguna vez recordé en esta columna las conferencias que Edmund Husserl pronunció en 1935, apenas tres años antes de morir. Fueron conferencias que tuvieron lugar en Viena y Praga, las más bellas capitales europeas, importantes para él porque nació en tierra checa y vivió en la Austria imperial. Fueron el testamento intelectual del creador de la fenomenología, de la cual se nutren muchas corrientes contemporáneas del pensamiento, pero no trataron de la conciencia intencional ni de la estructura de la ciencia, sino de los problemas que angustiaban a la humanidad de aquellos años grises, cuando el estado hitleriano empezaba a hacer sentir su ominosa presencia en una Europa aún descompuesta por la resaca de la primera guerra.

Husserl dijo entonces que la crisis del mundo occidental empezó con Copérnico y Descartes, cuyo pensamiento, valioso en sí mismo, contribuyó a que se redujera la realidad a lo visible y cuantificable. La medida, el peso, la dimensión y el volumen pasaron entonces a ser los atributos fundamentales de lo real, y para estudiarlos aparecieron las disciplinas especializadas en sustitución de las humanidades renacentistas. Como si fuesen túneles distintos y divergentes, los humanos se precipitaron por ellos a fin de obtener el mayor conocimiento posible sobre alguno de los aspectos que se juzgaron esenciales en el mundo real, y al cabo de quinientos años hemos llegado ya al delirio: especialistas que saben cada vez más sobre cada vez menos. No obstante, esos especialistas han olvidado el “mundo de la vida” (die Lebenswelt).

Lo que no dijo Husserl y es necesario agregar ahora, es que el “mundo de la vida” incluye la relación del ser humano con el medio en que habita. No somos ángeles, nuestra vida es terrenal, pero en el olvido del “mundo de la vida” está inmerso el olvido de esta esencial verdad. Un olvido que nos ha llevado a devastar los bosques y acumular basura plástica en los mares; a diezmar muchas especies animales solo por deporte y a romper el equilibrio ecológico, porque la racionalidad científica nos ha llevado a ver la Tierra únicamente como una fuente de recursos y un sistema económico ha impuesto en todos los campos un solo valor, que es el dinero.

¡Pobre humanidad, tan estúpidamente racional! Una ciencia deslumbrante busca si existe agua en Marte mientras hay empresas mineras en la Tierra que corrompen el agua que serviría para el riego. Una tecnología que parece magia nos permite ver en tiempo real lo que ocurre en las antípodas, pero somos incapaces de sonreír al vecino. Miles de niños truncan sus sueños porque el sistema les exige estudiar para producir más, y consumir más para crecer más, y poder producir más para consumir más, y…. Bajo la presión del sistema, los seres humanos concretos pasamos la vida encadenados a ese círculo infernal y olvidamos que lo único importante es entendernos en paz y ser felices.